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Pueblos de acogida

Vuelvo a Madrid con energías renovadas después de unos días en el pueblo. No en el mío, que viendo lo que acabo de ver no sé si volveré a llamar pueblo sino más bien una horrible ciudad dormitorio de unos 70.000 habitantes. No, el pueblo que he visitado es el de un amigo mío, uno de esos de la España de interior, de los de agropop total.

Un_pueblo_de_acogida

Ni playa, ni río, pero mucha mucha montaña y muy buenos alimentos. Aún forzando al máximo mi acento provinciano (“Yo nunca he hablado fino“, me decía aquí el catalán más andaluz que he conocido en mi vida) para no sentirme demasiado forastera (“¿De dónde ereh?” – me preguntaban – “No hablah como nosotroh… pero de Madrid tampoco“), mi mirada de asombro repetida hasta la extenuación me delataba. Y es que no es para menos. El primer día andábamos tomando un gin-tonic de esos de media tarde (¡por 3 euros!) en una terraza y quedé sorprendida cuando un joven salió del bar, se subió en su quad, arrancó y se fue tranquilamente por la carretera (me explicaron que es un transporte habitual ya que se usa para ir por los “carriles” (“caminos”, en mi idioma) del monte y que en el pueblo, de unos 6.000 habitantes, habrían unos 100 vehículos de este tipo). Pero eso no era nada. Algo más tarde, otros dos mozos pasaron ante mis ojos cabalgando en sendos caballos blancos. El príncipe azul lleva chándal en este cuento. Por otro lado, el medio de transporte más conocido, el coche, suele presentar un aspecto bastante original por estas tierras ya que las lunas de los asientos posteriores están tintadas. El por qué os lo dejo a vosotros.

Había pensado escribir este post a modo de diario para no dejar fuera ninguna de las experiencias que he vivido en tal peculiar lugar, pero entonces me alargaría muchísimo, por lo que trataré de retenerme. Los despertares ya eran, para mi desgracia, originales, con el alarmante pitido del coche de “el del pan” o los gritos de “el de las patatas”. Menos mal que había churros. Por no hablar de los tambores semanasanteros que salían de la bonita iglesia aledaña del siglo XVI a la que se acercaban las gentes del lugar para ver los pasos (hasta tres seguidos, cada uno con su orquesta) o a rezar durante innumerables horas, aunque no supieran (así se lo “reprochaba” el padre de mi amigo a su madre… una de las pocas cosas que le entendí). Curiosa familia ésta, adorable, que en casa tenía de hilo musical el “canto” de dos “pájaros perdices” que reclamaban hembras desde sus jaulas en el patio interior. Los que ya no molestaban eran los animales disecados del salón de abajo, orgulloso trofeo de caza del padre y quizá víctimas de alguno de los cartuchos vacíos que pude ver en su ranchera (ésta ya sin lunas tintadas). Pero para nimalicos los que han acabado vendiéndose de esta manera tan original (no vaya a ser que te dé por hacer una barbacoa de madrugada y encuentres la carnicería cerrada).

Carne_máquina_expendedora

En cuatro días no he presenciado ni una sola discusión o pelea. No te conviene si no quieres enemistarte con los pocos vecinos que tienes, o si no quieres tener que ir a buscar pareja al pueblo de al lado (teniendo que saltarte uno porque en el más próximo los que “te calientan” si vas buscando una chica son los hombres. Lo que es de uno es de uno, oiga). Ni yo misma he querido “discutir” cuando alguien ha dado por hecho que era la novia de mi amigo, y así me ha presentado. Chico + chica = matrimonio. Y no hay más que hablar. “¿¿Pero eh que t’ah casaooo??” – es una pregunta que he oído en más de una ocasión, ¿y cómo vas a negar algo ante unos ojos tan esperanzados? Lo importante es la integración. Y tú, ¿de quién eres?

Volviendo al tema de la falta de mar o de cursos fluviales (que alguno hay, pero para mojarse los pies y poco más), una persona tan obsesionada con el agua como yo no puede terminar de entender cómo se puede vivir toda la vida al pie de la montaña y no sentir agobio (¡pero si hasta la madre de Marco se fue buscando el mar!). Me cuenta mi amigo que por algo este pueblo es el segundo con mayor índice de suicidios de toda España (información no contrastada). Torre del castillo cerrada, por supuesto. Y es que si en verano las temperaturas hacen explotar los termómetros, en invierno la nieve se encarga de inmovilizarte del todo.

Me hacía gracia cuando mi amigo me enseñaba EL colegio, LA guardería, etc. Uno y no más. Y si eres de familia que prefiere privado te tienes que ir a otro pueblo. Y si quieres universidad… pues eso.

Bueno, pues que me lo he pasado muy bien. Pocas veces me he sentido tan cómoda entre gente desconocida, hasta unas chicas me adoptaron una noche diciendo: “eh nuehtra amigaaaaa” (o igual no fue exactamente así). Tras una acogida de este tipo ya solo puedo decir que sí, que por fin, ¡yo también soy de pueblo! No olvidemos la naturaleza y lo auténtico, amigos, que en la city de aquí a nada ya no se podrá ni respirar (1.439 árboles talados durante estas fiestas).

(Nota: a quien adivine de qué pueblo se trata le regalo un kilo de almendras, que me he subido con unos cuatro y yo quería un puñao na máh; al que lo sepa y no lo diga le regalo dos, que aquí no se trata de destacar unos pueblos sobre otros… ¿o sí?)

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