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La última palabra

No siempre experimento la misma sensación cuando acabo de leer un libro. A veces siento emoción por las últimas palabras a las que siempre llego deseosa, esperando una iluminación, una revelación, un escalofrío. Como el que sentí por dos veces en mi adolescencia ante las de El Misterio del Solitario (Jostein Gaarder). Una, cuando mi hermano mayor me las anunció y la segunda cuando, lejos de enfadarme con él por adelantármelas o de pensar que ya no tenía sentido acercarme a esta obra (en realidad no me había indicado el final y tampoco el argumento) las leí al final de una grata lectura.


Después de aquello no podía evitar leer la última frase de cada libro que me disponía a comenzar pero, viendo que yo misma me destrozaba la aventura adelantando lo que poco a poco había de ser descubierto, me limité a curiosear la última frase y luego únicamente la última palabra. Algo que ya nunca hago, supongo que he aprendido a tener paciencia.

El extremo contrario lo experimenté gracias a Lewis Carrol, al leer Alicia en el País de las Maravillas y la “segunda parte”,  A través del Espejo. Encantadísima con lo que se me presentaba, con el vuelo de la imaginación que recuerdo como un baile de colores y personajes surrealistas y geniales decidí, en las últimas páginas, leer sólamente una cada día, deseando que no se acabara nunca, alargándolo lo más posible. Presa de mi propia iniciativa, cada día esperaba que la siguiente hoja no acabase con un punto al final, para poder saltarme mis propias normas y llegar un poquito (¡sólo un poquito!) más allá. Sentía algo parecido a la emoción de poder ver un nuevo capítulo de alguna de mis series preferidas.

Pero no siempre me he encontrado en uno de estos dos supuestos: desear el final o no desearlo. Ha habido momentos en los que el final, o los finales, los decidía yo. Cómo y cuándo. Uno de los libros que más veces leí y nunca repetí fue uno de aquellos de “elige tu propia aventura”, versión moderna de Rayuela (Julio Cortázar) para niños en la que, al cabo de unas cuantas páginas se me aparecía un mensaje del tipo:

Si quieres que John y Sarah vayan a buscar a sus padres ve a la página 65.

Si por el contrario prefieres que acompañen a esos extraños nuevos amigos ve a la página 34.

Mundos paralelos (Jay Leibold), se llamaba, y venía de regalo con un estuche de lápices. ¡Y vaya regalo! Agoté todas las opciones marcando con una X cada final alcanzado para no repetirlo y, cuando no había más, volvía al principio, buscando más combinaciones, negándome a creer que aquello no fuese infinito.

¿No es genial que un libro te hable? Es como si se eliminaran las barreras entre la tinta y mi ilusión (no sólo la de cuando era niña) permitiéndome formar parte de lo que está pasando. Es como si el libro no fuera del todo un libro. Recuerdo otra de estas aventuras, precisamente llamada No soy un libro (Jose María Merino), en la que las páginas blancas habituales y por las que aparentemente discurría una historia convencional eran bruscamente interrumpidas por otras de color negro en las que aparecía el mensaje:

No soy un libro, no soy un libro, no soy un libro…

El libro que he terminado hoy, A sangre fría (Truman Capote), me ha dejado un sentimiento de desamparo, de desprotección, creo que motivado no tanto por los personajes asesinos, o por el hecho de haber pasado un largo tiempo con ellos hasta llegar a la página 444 (bonito número) sino por el…. FIN.

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