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Retrato unipersonal de ambos

Me gusta tu pelo, negro blanquecino, liso, suave, corto. Menos. Así. Un poco más despeinado. Ya.

¿Te acuerdas de cuando me contabas acerca de Santi? Ya lo conozco bien, también a Angie aunque nunca la haya visto. Y a Rocío, aunque solo la viera un par de veces. Pero ya son mis amigos.

Tus ojos. Achinados por arriba. Arrugas de felicidad a los lados. Más pequeños. Más juntos. Perfecto.

Me gusta tu música pero no la escucho. Como tú. ¿Y esos libros de los que me hablaste? Ya los voy recomendando con esas mismas palabras que memoricé cuidadosamente.

Me sorprende tu nariz, tan pequeña en un cuerpo tan grande. Achatada. No tanto. Eso. Y un poco puntiaguda.

¿Y esas ideas que me contabas sobre la teoría fractal? Son ahora mi religión y culto. E incluso comienzo a tener seguidores. No te preocupes: los cuidaré.

Tu cuerpo, delgado pero fuerte. Ancho pero proporcionado… excepto en los pies. Peloso. No, no hay tanto pelo en el pecho.

¿Te gustas? ¿Te gusto?

Traté de alcanzarte, de tocarte, de hacerte daño. No podía soportar la idea de vivir sin mí, así que me hice tú. Tuya. Lo siento, nunca pude amarte: te admiré demasiado. Ahora ya no existes. Ahora ya te tengo. Apártate de mi camino.

perfect_sense

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El neoplatonismo, el amor y la factura de la luz

Hubo una época en la literatura y el pensamiento en la que la visión fatalista del “destino” determinado por Dios creador cambió radicalmente. En el Siglo de Oro el ser humano comenzó a ser el único responsable de sus actos.  Aunque la religión seguía “en auge” bajo unas connotaciones cosmológicas y de búsqueda de felicidad en un mundo que dejaba de ser teocéntrico y pasaba a  ser geocéntrico.

En medio de todo este caos, el nexo de unión con Dios y con el conocimiento pasaba por el amor. Escribe mi profe de literatura que “Gracias al amor, la creación pasó del caos (oscuridad) al cosmos y este se llenó de belleza (luz)”. En las obras del neoplatonismo a la mujer amada se la identificaba con la luz. Corolario: sin amor no hay luz ni vida ni nada.

Pues bien, cinco o seis siglos después seguimos en las mismas, aunque por razones diferentes. Parece que la luz vuelve a subir en enero, aparte de todo el caos de “tener que refacturar” la luz de veintinueve millones de usuarios.

¿Que qué tiene que ver esto con el amor? Pues en primer lugar que ahora en lugar de cartas de amor sólo nos llegan al buzón facturas de luz. Y, hablando ahora en serio, que hemos de reconocer que el amor calienta. Y no piensen mal. O sí, porque precisamente estoy hablando de dinero. Compartir una vida de gastos con otra persona suele conllevar un ahorro de pasta. Y como siga subiendo la electricidad voy a dar un “sí, quiero”.

El que tenga un amor… que lo abrace, que lo abrace… para estar calentitos. Y al final, vaya post más tonto, si con la media naranja una media luz basta. Buenas noches.

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