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Javier Marías rechaza (sí, pero no) el Premio Nacional de Narrativa

Que alguien renuncie a un premio es noticia porque es raro, no suele pasar. Cuando me enteré de que Javier Marías ha rechazado el Premio Nacional de Narrativa lo primero que se me pasó por la cabeza es que lo había hecho por motivos (anti) políticos pero he visto que no ha sido (sólo) por eso. Hay más razones, un conjunto de ellas que hacen de esta decisión, desde mi punto de vista, una decisión consecuente pero incongruente.

Javier Marías rechaza Premio Nacional de Narrativa

No es que me importe demasiado este autor al que, debo confesar, apenas conozco como columnista. Confieso, además, que no he leído “Los enamoramientos”, su obra premiada. Esto es irrelevante para lo que nos ocupa. Lo que me ha interesado realmente han sido sus motivos para rechazar este premio. En la rueda de prensa que dio en el Círculo de Bellas Artes de Madrid dio algunas claves. Este video es sólo un fragmento:

(enlace al vídeo)

Sin embargo, el  haber prestado atención a la intervención pública donde exponía sus argumentos no me ha aclarado mucho las cosas. Y eso, el hecho de que un “profesional de la palabra” no explique las cosas claras me ha sorprendido mucho. Se podría decir que han sido las prisas, los nervios o el no tener las ideas del todo claras. Pero no, lo cierto es que el autor había tomado la decisión hace ya bastante tiempo y esta ha sido, según ha dicho el mismo Javier Marías, una de las razones por las que no aceptar el galardón:

“En este país hay poca memoria para lo que conviene; la gente puede cambiar de opinión, y me parece bien; pero me parecería inconsecuente, de una cierta sinvergonzonería que con mi postura de estos años de pronto hoy, por un premio con una cantidad apreciable de dinero, dijera que sí. Habría sido indecente por mi parte” 

Ahora bien, ¿cuáles son las otras razones? Pues de todo lo afirmado por el autor podrían resumirse en cuatro:

  1. Porque no quiere “que se hable mal de él”, es decir, que la gente piense que se le otorga un premio por favoritismo: “No quiero que nadie pueda interpretar como favoritismo hacia mí el que se me diera un premio así”.
  2. Porque “tal vez es mejor estar en la lista de los que no” recibieron premios nacionales, como los escritores Juan Benet, Juan García Hortelano o Eduardo Mendoza. Y, sobre todo, como su padre, el filósofo Julian Marías: “Pensé que si él no mereció ese premio, a lo mejor yo tampoco era merecedor”.
  3. Porque el Estado no debe premiarle por ser escritor: “Creo que el Estado no tiene por qué darme nada por ejercer mi tarea de escritor que al fin y al cabo es algo que yo elegí”.
  4. Porque es mejor invertir ese dinero en otras cosas:“creo que es mejor que ese dinero el Ministerio lo destine a lo que le parezca. Ojalá lo destinaran a las bibliotecas públicas, que han recibido un presupuesto de 0 euros para 2013, lo cual me parece escandaloso.” 

Vayamos por partes. Estas son mis reflexiones sobre cada punto, sin ánimo de adoctrinar:

  1. Está bien desligarse de la política o de instituciones estatales:

    “Es una postura que mantengo prescindiendo de quién gobierna, me da igual que sea el PSOE o el PP. Decidí que no iba a prestarme, no quería que en modo alguno se dijera: ‘Este ha sido favorecido, le han invitado mucho al Cervantes, ha hecho carrera gracias a ayudas estatales…”

    Pero no puedo evitar pensar que el Premio Nacional de Traducción que ganó en 1979 (“Tenía veintitantos años y no había decidido nada de esto”) y el de la Comunidad de Madrid en el 1998 (“Dudé, pero era un premio sin mucha repercusión y era de mi ciudad natal”) le han ayudado enormemente a llegar donde está y poder decir ahora lo que dice. Que sí, que hay principios que se asientan con el tiempo, pero no estaría mal reconocer que “el enemigo” te ha ayudado a ser quien eres.

  2. Vale, entiendo que no quiera ser considerado “una especie de abanderado oficial” como no lo fueron otros grandes autores pero lo que no entiendo es la incongruencia con otra actitud de hace poco más de un año. En un artículo llamado “Cortar el revesino” se lamentaba de que España sólo ofrezca reconocimientos a título póstumo o cuando el autor, por viejo, es ya apenas un autor. Quizás trate de aclarar su propia contradicción con estas palabras:

    “Sería absurdo que dijera: nunca cambiaré de idea. Yo no cambio mucho de opinión, la verdad. Pero todos vamos matizando. Es absurdo que dijera que voy a ser inamovible hasta el fin de mis días. A lo mejor cuando tenga 85 años y esté con pocas facultades de pronto me hace una ilusión loca que me den un premio. En principio no preveo que haya motivos para cambiar de postura”.

  3. A ver, sí, claro que el Estado no debe darte nada por tu tarea de escritor, porque es tu trabajo y para eso ya te pagan las editoriales. Ahora. Ahora que puedes vivir de eso. Pero ¿le dirías a un joven emprendedor que no acepte ayudas estatales para montar una empresa? ¿un joven escritor prometedor sin recursos debe rechazar ayudas o premios que le permitan publicar o poder llegar a dedicarse a ello?

  4. Dice Javier Marías que aceptar ese dinero y donarlo sería demagógico: “Es momento de gran dificultad económica para todo el país, para mucha gente. Quizás lo de aceptar el premio y luego donar el dinero habría sido un poco demagógico.” Entonces sale con que es mejor que el “Ministerio lo destine a lo que le parezca”. Y se queja del presupuesto cero para las bibliotecas. Pues eso sí que me parece demagógico: que para rechazar el premio se de un motivo económico, de una mala gestión del gobierno en cuanto a política cultural (“quizás en este momento se añade otro motivo más para mantenerme en esta postura”) pero sin embargo se deje en estas manos la decisión sobre su reinversión. Señor Marías, hay muchas iniciativas para acercar la cultura a la gente y a veces una donación es la mejor manera de ayudar y de asegurarse de que la cultura siga viva. Además de que, en mi opinión (siempre), la cultura va más allá de la literatura (“entiendo que haya recortes en Cultura cuando es necesario, a sectores como el cine, el teatro, la ópera, que son efectivamente caros, pero no entiendo que afecte a las bibliotecas públicas.”)

En definitiva, mis reflexiones no terminan de llevarme a puerto seguro. Pienso que Javier Marías hay sido muy consecuente al no aceptar el premio, dados sus propios motivos personales; pero echo de menos una postura más determinante sobre el por qué de este rechazo. Como la de Santiago Sierra al renunciar el Premio Nacional de Artes Plásticas 2010 por:

“Un Estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un Estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un Estado empeñado en el desmontaje del Estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local”

Porque si bien no quiere ser “favorito” de España, al mismo tiempo parece tratar de cubrirse las espaldas y de no cerrarse puertas, que nunca se sabe. Sólo al final de su explicación ante los medios toma cierta postura (con un “quizás”, “me da la impresión”) en este sentido: “el actual gobierno empieza a recordar la actitud del franquismo en cuanto a la cultura”.

Al final, lo único que me queda claro es que Javier Marías no ha rechazado el reconocimiento sino sólo el dinero del premio.

(La fotografía pertenece a la Universidad Pontificia Católica de Chile, licencia Creative Commons.)

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La última palabra

No siempre experimento la misma sensación cuando acabo de leer un libro. A veces siento emoción por las últimas palabras a las que siempre llego deseosa, esperando una iluminación, una revelación, un escalofrío. Como el que sentí por dos veces en mi adolescencia ante las de El Misterio del Solitario (Jostein Gaarder). Una, cuando mi hermano mayor me las anunció y la segunda cuando, lejos de enfadarme con él por adelantármelas o de pensar que ya no tenía sentido acercarme a esta obra (en realidad no me había indicado el final y tampoco el argumento) las leí al final de una grata lectura.


Después de aquello no podía evitar leer la última frase de cada libro que me disponía a comenzar pero, viendo que yo misma me destrozaba la aventura adelantando lo que poco a poco había de ser descubierto, me limité a curiosear la última frase y luego únicamente la última palabra. Algo que ya nunca hago, supongo que he aprendido a tener paciencia.

El extremo contrario lo experimenté gracias a Lewis Carrol, al leer Alicia en el País de las Maravillas y la “segunda parte”,  A través del Espejo. Encantadísima con lo que se me presentaba, con el vuelo de la imaginación que recuerdo como un baile de colores y personajes surrealistas y geniales decidí, en las últimas páginas, leer sólamente una cada día, deseando que no se acabara nunca, alargándolo lo más posible. Presa de mi propia iniciativa, cada día esperaba que la siguiente hoja no acabase con un punto al final, para poder saltarme mis propias normas y llegar un poquito (¡sólo un poquito!) más allá. Sentía algo parecido a la emoción de poder ver un nuevo capítulo de alguna de mis series preferidas.

Pero no siempre me he encontrado en uno de estos dos supuestos: desear el final o no desearlo. Ha habido momentos en los que el final, o los finales, los decidía yo. Cómo y cuándo. Uno de los libros que más veces leí y nunca repetí fue uno de aquellos de “elige tu propia aventura”, versión moderna de Rayuela (Julio Cortázar) para niños en la que, al cabo de unas cuantas páginas se me aparecía un mensaje del tipo:

Si quieres que John y Sarah vayan a buscar a sus padres ve a la página 65.

Si por el contrario prefieres que acompañen a esos extraños nuevos amigos ve a la página 34.

Mundos paralelos (Jay Leibold), se llamaba, y venía de regalo con un estuche de lápices. ¡Y vaya regalo! Agoté todas las opciones marcando con una X cada final alcanzado para no repetirlo y, cuando no había más, volvía al principio, buscando más combinaciones, negándome a creer que aquello no fuese infinito.

¿No es genial que un libro te hable? Es como si se eliminaran las barreras entre la tinta y mi ilusión (no sólo la de cuando era niña) permitiéndome formar parte de lo que está pasando. Es como si el libro no fuera del todo un libro. Recuerdo otra de estas aventuras, precisamente llamada No soy un libro (Jose María Merino), en la que las páginas blancas habituales y por las que aparentemente discurría una historia convencional eran bruscamente interrumpidas por otras de color negro en las que aparecía el mensaje:

No soy un libro, no soy un libro, no soy un libro…

El libro que he terminado hoy, A sangre fría (Truman Capote), me ha dejado un sentimiento de desamparo, de desprotección, creo que motivado no tanto por los personajes asesinos, o por el hecho de haber pasado un largo tiempo con ellos hasta llegar a la página 444 (bonito número) sino por el…. FIN.

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Escritores discapacitados: ¿por suerte o por desgracia?

el manco de lepanto Hoy ha tenido lugar en Barcelona una manifestación de discapacitados contra los recortes en empleo para este sector de la población. Pues me ha dado por preguntarme sobre el índice de discapacidad entre los escritores y he encontrado la nada, la invisibilidad.

Apenas algunos datos sobre escritores famosos con alguna minusvalía, como Cervantes, quien perdió el uso de una mano tras su participación en la Batalla de Lepanto; Homero y Borges, afectados de falta de visión (el último llegó a perderla por completo); el poeta irlandés Christy Brown, paralítico cerebral que escribía con un pie; o la dislexia de Hans Christian Andersen, que no le impidió escribir cuentos que han marcado nuestra infancia, como “El patito feo”.

Estoy segura de que haberlos los hay a millones, por lo que espero que esta falta de información o de visibilidad al respecto se deba más a la legítima normalización de este estado que a la indiferencia de la sociedad ante ello. De hecho, hay quien afirma que no hay mal que por bien no venga, que de lo malo se aprende para dar lo mejor. Entonces la cuestión sería: ¿tiene un mérito especial el hacer literatura careciendo de alguna facultad o, por el contrario, esta falta ayuda a desarrollar competencias artísticas? Si alguien tiene una respuesta (no digo “la” respuesta), dejo a su disposición la sección de comentarios para compartirla con los que dudamos sobre ello. Buenas tardes.

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Lenguajes inventados (2): literatura, idiomas universales, curiosidades.

Como íbamos diciendo, el séptimo arte ofrece numerosos ejemplos de lenguajes inventados. Pero, repito, muchas de las historias que vemos en la tele o en el cine están sacadas de libros y, del mismo modo, también las palabras que oímos por boca de sus personajes.

LITERATURA

sindarin

El ejemplo más conocido es sin duda el de “El señor de los anillos”. Según cuentan, J. R. R. Tolkien creó su mundo fantástico sólo para utilizar las lenguas que había inventado previamente. Las que más desarrolló son las élficas quenya y sindarin, inspiradas respectivamente en el finlandés y el galés. Esta última quizá sea la lengua más popular difundida por una obra literaria. Sin ir más lejos, una profesora de Birmingham imparte clases de sindarin en un colegio.

Pero Tolkien no fue el primer escritor ni el único en inventar una lengua. En la obra 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne,  encontramos unas pocas palabras extrañas pronunciadas por dos tripulantes del Nautilus: Nautron respoc lorni virch. Pocas palabras ficcionales creó también Hergé para que Tintín pudiera hablar con seres de otro mundo. Otro escritores sí se aventuraron a crear un lenguaje completo. A continuacion algunos ejemplos encontrados aquí:

Neolengua: Creado por George Orwell en su novela 1984. No deja de ser inglés (o la lengua de la traducción que estés leyendo) simplificado al extremo, para eliminar de la mente de los ciudadanos aquellos conceptos que el dictatorial régimen de la novela quiera erradicar.

Nadsat: una jerga juvenil empleada por los protagonistas de La naranja mecánica, basada en el ruso más mafioso y criminal. La lengua se la inventó Anthony Burguess para la novela, pero la popularizó Kubrik en la película del mismo nombre.

Moonspeak: es lo que se habla en la Luna, o al menos así lo pensaba Francis Godwin en la que fue la primera novela de ciencia ficción británica, El hombre de la luna (1638). Se trata de un lenguaje musical, que se escribe en pentagramas.

Aklo: inventado por el escritor galés Arthur Machen (1863-1947) en su cuento de terror El pueblo blanco (1899). En él, dos personajes discuten acerca de la naturaleza del mal mientras consultan el diario de una adolescente que está escrito en aklo. Más sobre su uso e influencias aquí.

LENGUAJE UNIVERSAL

Hay quien afirma que la primera lengua, la original, que supuestamente hablaron Adán y Eva es la “Enoch”. Fueron dos individuos del siglo XVI, John Dee y Edward Kelley, quienes dijeron comunicarse en enoquiano con unos angeles que les revelaban el Libro de Enoch (por cierto, considerado apócrifo por el cristianismo). En Amazon se puede comprar The Complete Enochian Dictionary, y además existe un diccionario online. Podemos imaginar que la unidad en la lengua desapareció con el intento de edificar la Torre de Babel (quizás Dios fuera norteamericano y no quisiese que esta torre entrase en la lucha de altura que disputan algunos edificios neoyoquinos).

El volapuk: también inspiración divina tuvo esta lengua artificial, creada por el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer, y la primera que consiguió cierta difusión. El término volapuk está formado por las palabras vol (mundo, deformación del inglés world) y pük (habla, del inglés speak), así que puede traducirse como “lengua universal”.

Hasta finales del siglo XIX se habían publicado en esta lengua más de 300 libros de gramática y multitud de revistas, periódicos, libros y diccionarios. Su estructura gramatical está inspirada en la del turco y se basa en una serie de palabras sencillas de pronunciar en distintas lenguas y fáciles de recordar. Curioso: no se incluye la letra erre (¿solidaridad con los chinos?). El idioma languideció por la dificultad de sus normas gramaticales tras la negativa de Schleyer a introducir cambios que facilitaran su uso.

En España, el volapuk tuvo cierta expansión en Guadalajara, donde vivió Francisco Fernández de Iparraguirre (1852- 1889), farmacéutico, lingüista y botánico, autor de una gramática de volapuk y de un diccionario volapuk-español, que le valieron el título de Plofed é kademal balid in Spän (“profesor y primer académico en España”).

Esperanto: poco después del volapuk apareció el esperanto, la lengua artificial de más éxito, con cientos de miles de hablantes aún hoy. La Universala Esperanto-Asocio (Asociación Universal de Esperanto, UEA) mantiene relaciones con importantes organizaciones internacionales, como la ONU, la UNESCO (que ha recomendado su uso) y UNICEF.  Fue creado por el doctor ruso-polaco Lejzer Ludwik Zamenhof, quien lo dio a conocer en su obra Fundamento de Esperanto, en 1887.

Su gramática es muy simple y completamente regular, y está basada, al igual que su vocabulario, en diferentes lenguas naturales. Así, pájaro es birdo; gracias, dankon; y luna, luno. Muchas palabras se forman con prefijos y sufijos, así como mediante la unión de dos o más raíces semánticas. Por ejemplo, cana es blankharo, de blanka (blanco) y haro (pelo).

Interlingua: nació con la intención de unificar el por entonces dividido movimiento por una lengua internacional. Fue el resultado de los trabajos de una organización fundada en 1924 por la mecenas norteamericana Alice Vanderbilt Morris. Con la premisa de que el esperanto y el ido (su reforma posterior) eran demasiado rígidas, decidieron crear un lenguaje más cercano a las lenguas naturales. Tomaron como modelo el latín, que se consideró como la lengua de mayor influencia en el mundo occidental, y elaboraron una especie de versión moderna y simplificada. El vocabulario de interlingua está tomado del francés, italiano, portugués y español, y también del inglés, alemán y ruso. En aras de la claridad, no es tan uniforme como el esperanto; por ejemplo, los verbos pueden terminar en a (entra, entrar), en e, (solve, resolver) o en i (veni, venir). Fuente: Quo

CURIOSIDADES

Además de estas, como ya se ha dicho, hay otras muchas propuestas de crear una lengua universal, incluso de pensadores como Descartes y Leibniz. Algunos de los numerosos intentos conocidos (unos 700) de volver a contar con una lengua común a todos son “el solresol, ideado por el francés François Sudre, que se basaba en la escala musical y que se podía cantar; el tutónico, que mezclaba un léxico básico de inglés y alemán; o el idioma de John Wilkins, cuyas palabras se formaban por adición de vocales y consonantes que definían las categorías y características de lo que se nombraba. Así, por ejemplo, la n indicaba un ser vivo, la a definía el concepto animal, la k el de mamífero, de modo que combinando las letras adecuadamente se podía definir cualquier cosa”. (Fuente: Muy Interesante)

Suzette Haden Elgin creó el Láaden, para expresar el punto de vista de una mujer. El Láaden tiene una palabra, “bala”, que significa “estoy enojada por un motivo pero no hay nada que se pueda hacer”. Sin comentarios.

Otra de estas lenguas inventadas o más bien “inversadas” que he tenido la ocasión de no entender es el verlan, una jerga utilizada por grupos de jóvenes franceses y que consiste básicamente en desordenar el orden de las sílabas de cada palabra. El propio nombre “verlan” proviene de “l’envers” (pronunciado lanver, que significa “reverso”, “al revés”).

Un caso curioso de creación de palabras lo encontramos en el Vaticano. Su lengua oficial es el latín, al que han de traducirse los documentos que llegan a la Santa Sede. Pero, ¿qué pasa cuando hay términos modernos que no existían en esta lengua? Pues así han nacido nuevos términos como Rex inexplicata volans para ovni; o Iuvenis voluptarius para Playboy. Para que luego digan que el latín es una lengua muerta. (Otros términos en este blog).

Hay otras razones para inventar un lenguaje; por ejemplo, para hablar con tu ordenador, o como parte de una investigación científica. Es el caso de las lenguas lógicas, como el loglan y su descendiente, el lojban. La idea partió de James Cooke Brown, quien la divulgó en la revista Scientific American en junio de 1960. La motivación principal de Cooke era experimentar la hipótesis de Sapir-Whorf, según la cual la lengua impone límites al pensamiento, y por tanto, una lengua más potente y flexible permitiría un desarrollo superior del pensamiento humano. (Más información aquí).

En fin, si después de leer esto os animáis a inventar un lenguaje pero no sabéis cómo, aquí tenéis unos consejos útiles para empezar: The Language Construction Kit . Ejemplos ya no os faltan.

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Cartas desde… el ordenador

Ya no sabemos escribir cartas. No mails ni posts ni mensajes vía Facebook. Cartas. Hace poco una persona cercana  a mí abandonó el país y le insinué que sería bonito recibir alguna carta suya. “Yo no sé, lo mío son los mails”. Y estoy segura de que no es un caso aislado. Ya no nos tomamos el tiempo y el pequeño esfuerzo de sentarnos con papel y boli; expresar sobre manchones de tinta y borrones nuestras ideas, sentimientos, deseos… meterlos en un sobre, ponerles un sello y depositar todo esto en un buzón. Ya no sabemos dónde hay buzones, casi ni los vemos. El “servicio” español de Correos está despidiendo a personal y estableciendo recortes dada la bajada de la demanda. Así han enfocado la noticia en casi todo los medios de comunicación. Los recibos de agua y luz ahora son electrónicos y la mayoría de la publicidad también se hace online. Pero no se haya dicho nada de las cartas personales.

cartas

En casa tengo varias cajas llenas de cartas recibidas de amigos y amigas de todo el mundo que hice en los numerosos campamentos de verano a los que asistí durante mi infancia y mi adolescencia. Recuerdo llegar cada día del colegio y abrir el buzón con la espera-nza ansiosa de encontrar un nuevo sobre de Carmen, de Maria Rosa, de aquel chico que en su última carta me dijo que no podíamos escribirnos más porque su novia le “había pillado las cartas” y no estaba contenta. ¿Qué hubiera pasado ahora si nos hubiésemos escrito por mail? Mis palabras y mis fotos estarían archivadas en forma numérica con ceros y unos y seguramente nadie que no tuviera acceso a las claves de mi ex-amigo se hubiera enterado. Y qué decir de los currículums que enviamos. Antes cuidábamos todos los detalles y seleccionábamos unas pocas empresas para no gastar mucho dinero en el envío. Ahora hacemos un “mail tipo” y lo enviamos al mismo tiempo (en CCO, espero) a diferentes empresas que ni sabemos dónde están. Enviamos adjuntos, enlaces… y puede que desestimen nuestra solicitud porque alguien lo hizo en un formato más atractivo.

En cuanto a la literatura, me parecen que las noticias del tipo “Revela vida personal de Onetti el libro ‘Cartas de un joven escritor” o “Nueva recopilación de cartas entre Neruda y Mistral…” van a ser cada vez menos numerosas hasta desaparecer. Puede que las editoriales acaben haciendo contratos por la compra de mails intercambiados entre escritores o entre ellos y sus amantes.

La epistolografía terminará desapareciendo y con ella el género de la novela epistolar. Sólo unas pocas iniciativas tratan de salvar estos registros. En fin, quizás vuelva a estar de moda el “cartearse” dentro de unas décadas, que todo lo antiguo vuelve y siempre con fuerza. Lo bueno es que canciones como ésta ya dejan de tener sentido:

enlace al video

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Recuperar la memoria artística

            “Las cajas de las pizzas cuadradas, las pizzas redondas y las porciones triangulares.. igual de ilógico de que casi nadie se acuerde del 70 aniversario de la muerte de Miguel Hernández.”

miguel hernandez Con este mensaje, irónico y contundente, un amigo plasmaba su resignación en una red social el pasado 28 de marzo. De Orihuela, como el poeta, quizás por ello tuvo algún medio local o regional que le recordara la fecha. O quizás no, porque lo cierto es que aquel día los medios de comunicación apenas hablaron de Miguel.

Como tampoco hablaron de André Antoine el 30 de marzo. No me refiero al ministro del   André Antoinemismo nombre, sino al actor que hace 125 años inauguró su Théatre Libre en el barrio parisino de Montmartre. Hecho merecedor de conmemoración por cuanto supuso una renovación del arte actoral basada en una puesta en escena naturalista. Era la época de Zola, de Ibsen y de los Meininger. Las mentiras ya no convencían ni sobre el escenario y se buscaba una representación más imitativa de la realidad. Imitación que para algunos era excesiva en obras como “Los carniceros“, dirigida por el mismo Antoine, donde el olor que se desprendía de la carne real colgada en escena impregnaba toda la sala. O en “La tierra“, donde las protagonistas fueron las gallinas que picoteaban a sus anchas.

Seguidor de las ideas naturalistas de Taine y de Zola, este aficionado al teatro se propuso llevar la verdad al teatro, huyendo de las tradicionales costumbres de una falsa declamación  y de escenografías que nada tenían que ver con la historia, la época o la realidad.

Representación de La Terre, de Émile Zola (1900)

Representación de La Terre, de Émile Zola (1900)

En esa nueva representación antiteatral los personajes ya no lo eran, sino que se comportaban con absoluta normalidad sobre el tablado en un trabajo ahora grupal, sin individualismos marcados por la fama de cada actor, en el que ya se podía hablar incluso de espaldas al público. Un público en el que también pensó Antoine al rebajar el precio de las entradas y hacer más cómodos los asientos.

Basta decir que los cambios nunca son fáciles de asimilar pero, pese a las críticas, estas innovaciones naturalistas transformaron el teatro, incluso el de la oposición, hasta llegar a nuestros días… en los que parece que a nadie le importa si fue gracias a otro “nadie” el que las cosas ahora sean como son. O que no lo sean.

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Literatura de estado (y de Estado)

Estos días se ha hablado y escrito mucho sobre nuestra lengua, en lo que se refiere a su posible sexismo (con motivo del Día de la Mujer) y a otras retóricas políticas. Se escriba como se escriba, está claro que el ser humano ha sentido la necesidad de relatar y contar desde el inicio de los tiempos. Hoy día esos discursos y narraciones nos llegan en forma de “estado” en Facebook (“¿Qué estás pensando?“), en twitter (“¿Qué está pasando?“), en blogs y en todo tipo de redes sociales. Parece que tenemos que dar cuenta de todo (he llegado a preocuparme por amigos cuando han estado dos días sin presencia virtual…) y además hacerlo de una manera creativa.

Y como la memoria es caprichosa, me he acordado de un curioso ejemplo de esta “literatura de estado”. También “de Estado”, puesto que el hecho del que escribo, la caída de Fidel Castro en un acto público el 20 de octubre de 2004, traspasó las fronteras de lo personal.

Un tropiezo lo tiene cualquiera, pero Fidel sintió la necesidad de dar explicaciones sobre ello en una carta que dirigió a sus compatriotas el día siguiente al suceso, una redacción sin desperdicio. Copio aquí la parte en la que da todos los detalles de su caída, destacando en negrita mi parte preferida:

“Cuando llegué al área de concreto, a unos 15 o 20 metros de la primera hilera de sillas, no me percaté de que había una acera relativamente alta entre el pavimento y la multitud. Mi pie izquierdo pisó en el vacío, por la diferencia de altura con relación al área donde estaban situados los participantes en sus respectivas sillas. El impulso y la ley de gravedad, descubierta hace tiempo por Newton, hicieron que al dar el paso en falso me precipitara hacia adelante hasta caer, en fracción de segundos, sobre el pavimento. Por puro instinto, mis brazos se adelantaron para amortiguar el golpe; de lo contrario, mi rostro y mi cabeza habrían chocado fuertemente contra el piso.

No se podía culpar a nadie. Era absolutamente mía la responsabilidad. Al parecer, la emoción de ese día lleno de creaciones y simbolismos explica mi descuido. (…)”

En fin, parece que Chávez le ha tomado ahora el relevo a Fidel informando puntualmente de los partes médicos relativos al cáncer que padece; y a éste tampoco le falta estilo:

Ahora quería hablarles desde este camino empinado por donde siento que voy saliendo ya de otro abismo. Ahora quería hablarles con el sol del amanecer que siento me ilumina.”

Hay quién dirá que la revolución está enferma, pero su literatura y su periodismo (buenos o no, apropiados o no) parecen estar total y virtualmente actualizados.

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