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Lenguajes inventados (1): música, cine y series

Hace poco el conocido pianista chino Lang Lang, de visita en España, decía en una entrevista que “La música es como un lenguaje, y en ella puedes escuchar conversaciones”.  El músico no nos revela nada nuevo pero no está de más recordar que todo arte conlleva un lenguaje propio ya hablemos de escultura, de pintura… o de música y de cine, por ejemplo.

MÚSICA

Algunos de esos lenguajes han de ser descubiertos por el público y otros, simplemente, no tienen significado más allá del artístico o el estético. Son lenguajes sin base gramatical, sin fundamento. Es el caso del hopelandic (vonlenska en islandés), idioma inventado por el grupo Sigur Ros. Esa lengua en la que suenan sus canciones no tiene ningún significado traducible, , como ellos mismos reconocen:

“(…) la música no tiene lenguaje. La gente puede disfrutar de la música sin necesidad de entender el significado de las palabras o sin saber sobre qué va la canción.

En la misma línea pero enmarcado habitualmente en la música jazz, podemos hablar del scat. Según la Wikipedia, se trata de “un tipo de improvisación vocal, generalmente con palabras y sílabas sin sentido, convirtiendo la voz en un instrumento musical más”.

Louis Armstrong, Cab Calloway y Bobby McFerrin son algunos de los músicos que han popularizado esa técnica. El último, además, inventó un lenguaje propio y en su disco VOCAbuLarieS las letras ofrecen un collage de latín, italiano, sánscrito, zulú, español, ruso, hebreo, portugués, mandarín, japonés, francés, árabe, alemán, inglés e irlandés.

CINE

En la pantalla, grande o pequeña, son numerosos los ejemplos de lenguas inventadas. Ya sea por exigencias del guión o por pura experimentación, esta tendencia se ha hecho cada vez más habitual en el cine de Hollywood.

En los inicios del cine norteamericano poco parecía importar si un personaje extranjero hablaba realmente su idioma: bastaba con que sonara parecido. Exceptuando algunos casos del género de comedia o del experimental, esta “invención” es ahora creada por lingüistas para dotar de lengua propia a personajes de diferentes orígenes mítológicos, interplanetarios o legendarios.

Pero esto tampoco es nuevo: ya en los años 40 “los creadores de la serie de televisión original Land of the Lost (1947-76) llamaron a la lingüista Victoria Fromkin de la UCLA en Estados Unidos para crear un lenguaje para la gente Pakuni que era entre humano y primate. Fromkin desarrolló una gramática más o menos completa y cerca de 200 palabras fueron introducidas gradualmente en el programa, para permitir a la audiencia aprender el lenguaje Pakuni mientras el programa progresaba. (Fuente: CNN)

En la actualidad, podemos citar como ejemplo la película John Carter, del 2012, presentando una versión del lenguaje de Edgar Rice Burrough, el Barsoomian. O la conocida serie Game of Thrones (“Juego de Tronos”, 2011, hasta la fecha) donde se presenta el lenguaje Dothraki creado por David Peterson, miembro de la Sociedad de Creación de Lenguajes. Los fans de la serie incluso estudian este lenguaje. Podemos encontrar un diccionario y pautas gramaticales (en inglés) en Dothraki.org.

Igualmente existe una guía gramatical oficial del na’vi, el idioma que hablan los personajes del filme Avatar.  Fue creado por el lingüista Paul Frommer, pero los fans de la película están contribuyendo a su crecimiento con nuevos términos a los que él tiene que dar el visto bueno. El momento decisivo para las lenguas inventadas fue la creación del Klingon por el lingüista Marc Okrand para la película Star Trek. Esto desembocó en un Instituto de Lengua Klingon, un diccionario y una traducción de “Hamlet”.
 (Fuente:
Revista eñe)

Pero no hay que olvidar que muchas de las historias que vemos en la tele o en el cine están sacadas de libros. Así,

Game of Thrones se basa en la exitosa colección de fantasía A Song of Ice and Fire de George R. R. Martin.

Por ello y para no extenderme más en este post e ilimitar las expectitivas de los lectores de este blog, la parte relativa a las lenguas inventadas en Literatura la dejo para más adelante. Pronto, la segunda parte que incluirá además ciencia e intentos de crear un lenguaje universal. Os dejo con la canción (y una representación genial) que dio origen al idioma hopelandic, Von:

(enlace al video)

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Mirror, mirror: ¿cuál es la versión más mala?

Érase otra vez el cuento de Blancanieves. No viene ahora de Oriente, como la mayoría de las historias y leyendas populares que, de boca en boca y de pluma en pluma, han sido plasmadas de muy diversas formas al auspicio de autores de muy diferente origen, cultura y estilo. Esta vez, otra vez, llega a nuestras pantallas desde la industria norteamericana del espectáculo. Hablo de Mirror Mirror, del director Tardem Singh.

Mirror-Mirror

La curiosidad de una nueva revisión del cuento no consigue llenar la sala ni el día del estreno en España, ni siquiera Julia Roberts. Esta vez la historia, se nos dice al principio, se nos va a contar desde el punto de vista de la madrastra. Intento que, de manera intencionada o no, no cumple su objetivo.

Por descuido o por ansias de innovación la fábula se les va de las manos, se sube por las ramas, llega a la parra pero cae y vuelve a subir, no se mantiene. Va al cuento “original” (a lo más conocido) y vuelve convertido en una mezcla extraña de estilos donde los personajes cambian demasiado rápido, sin darles tiempo a evolucionar; y donde la magia, en otro intento fallido, parece ser el hilo conductor de una trama predecible que no respeta sus principios.

Los lugares de la acción, lugares de ensueño que apenas se limitan a dos o tres, serían sin duda superados por la imaginación de un niño de dos o tres años. La opulencia de los vestidos de palacio apenas eclipsan los pegotes de rímel en las pestañas de las dos protagonistas, víctimas de un maquillaje rápido o poco esmerado. Observando las amplias cejas de Snow White podríamos pensar que se trata de volver a lo simple, a lo fundamental y más humano o natural. Pero esa simpleza no es tan limpia cuando se la trata de actualizar.

Impuestos haylos desde hace tiempo, sabido es… pero ese aparente guiño a la crisis actual, mezclado con una necesidad de reconocimiento social que pasa por tratamientos de belleza, estatus y egoísmo no termina de cuadrar o de definirse. El experimentalismo de la película, desde un espejo (con bastante poca relevancia, en contra de lo que sugiere el título) que ya no es pura magia sino conciencia y desdoblamiento de personalidad; y los toques de “humor” de un príncipe que sin venir a cuento (y nunca mejor dicho) afirma que el final de los mismos se estudia en grupos de trabajo, sumado a frases como “me estaba permitiendo una licencia poética” (ésta en boca de un enano) nos sacan de la historia en un momento que se debía suponer el clímax. ¡Pensaba que estaba viendo Blancanienes, no Shrek!.

¿Y la manzana? Metida al final con calzador y en el cartel como reclamo, poco más. Quizás esté siendo demasiado crítica por comparar la función que la fruta tiene en la versión de los hermanos Grimm, pero es que el apellido figura entre los guionistas, tengo todo el derecho.

Ay ay ay el final, del que me está costando mucho no hablar… el último y más radical cambio de tono, en una especie de homenaje conjunto al cine de Bollywood, al musical y a Disney. Fuera de lugar.

Los cuentos, que desde siempre han tenido su versión cinematográfica y televisiva, con programas como El Narrador de Cuentos, son revisados desde hace unos años en títulos como el ya citado Shrek desde una óptica actual, desenfadada y con cierto humor negro. Poco queda esperar, en esta línea, lo que se cuece en la nueva serie Cuentos del siglo XXI, que prepara una de esas cadenas que normalmente no aguanta más de tres segundos en mi práctica del zapping.  El filme que nos ocupa, en cualquier caso, fracasa en el intento.

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Encerrados

“Tras la cárcel, la calle es muy dura”. Lo dice Miguel Montes, que acaba de recuperar su libertad después de 30 años encarcelado… y nos sale con eso. No me extraña: con la que está cayendo y él sin saber lo que es “un twitter”.

Encerrado

Más allá de la cárcel, hay muchos otros tipos de “encerramientos”, voluntarios o involuntarios, que podrían ser objeto de trama literario. Algunos han sido noticia por los incuestionables valores morales o éticos que encierran (¿meta-encierro?) como los numerosos casos de secuestro de diversa índole, de los que me viene a la cabeza el curioso caso de Natasha Kampush, que estuvo “secuestrada” durante ocho años en un zulo en Austria. Los libros y revistas eran su única conexión con el exterior. Según recoge Wikipedia, “Kampusch dice estar orgullosa de haber escapado de las tentaciones del mundo exterior, como las drogas, las malas compañías y el alcohol”

No hace tanto, largos días ocuparon las portadas de los periódicos los 33 chilenos atrapados en  La Mina San José. De todos estos casos ya hay (o habrá) libro y/o película.

Hay otros muchos curiosos encerramientos que no me extrañaría que pasaran pronto al papel o a la pantalla. O incluso a una obra de teatro, de las calderonianas en las que la simbología a través de torres o grutas nos indican privación de libertad o un mundo onírico. Los personajes podrían ser una monja, un niño transexual, un hombre con movilidad reducida y un niño castigado. Todos ellos tienen en común el haberse podido sentir encerrados en determinados momentos. Unos contra su voluntad, otros por decisión y otros… ¿porque se lo han metido en la cabeza? ¿para jugar? ¿para sentirse queridos?

Una mezcla de esos elementos es lo que encontramos en el fantástico libro “Desde el jardín”, de Jerzy Kosinsky, uno de los que más me ha sorprendido de cuantos leí. Cuenta la historia de Chance, un individuo bastante anormal y analfabeto que pasa gran parte de su vida “encerrado” en un jardín. La naturaleza y la televisión son los únicos proveedores de su imagen del mundo. No quiero contar el final pero es muy importante la crítica que se hace a la sociedad y a la televisión (si es que no es lo mismo), capaces de hacer que incluso un individuo sin identidad ni personalidad (en un sentido estricto) llegue a lo más alto. Aunque prefiero el libro (¡que conste que no siempre es así!), Peter Sellers supo llevar esta historia a la pantalla de una manera respetuosa y convincente en “Bienvenido Mr. Chance”.

Desde el jardín Kosinski

El libro, de 1971, presenta un tipo de sociedad que sigue vigente hoy día y posiblemente seguirá mostrando una actualidad cercana hasta que lleguemos a su completa desvirtuación virtualizada. No es que sea pesimista pero todo indica que nunca dejaremos de meter nuestro cerebro en la caja tonta, para que lo exprima y lo modifique. Creo que más bien llegaremos a una sociedad del tipo que vemos en el segundo capítulo de Black Mirror. Encerrados en el propio sistema, en nosotros mismos, y controlados… por máquinas personalizadas, más bien por personas mecanizadas. Meras piezas.

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Del Siglo de Oro a los Globos de Oro

La noticia en este enlace.

Y el video, directamente:

Por mi parte, ningún comentario aparte de “chapó”. Iba a escribir chapeau, pero igual no se me entendía… mejor ¡ole!, ¿no?

(“La hija del aire“, de Pedro Calderón de la Barca)

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