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Ni un póster

Cómo cansa ver arte y cómo cansa ARCO (ojo: esta frase no es redundante para todo el mundo). En el buen sentido y desde el respeto. Pero por eso este post será corto, que además es domingo, es tarde y no he cenado. La verdad es que hoy he ido a esta feria de arte contemporáneo con la idea de buscar algo para decorar mi casa, que me acabo de mudar. Pero nada.

No pienso hacer una crítica constructiva de lo que he visto principalmente porque, lo reconozco, no tengo casi (he dicho “casi”) ni idea de arte. Idea en el sentido de “entender”, porque ojo, que persona soy e inevitablemente ciertas

Yes to all ARCO 2015

obras me producen algunas emociones o sentimientos. ¿Qué es arte? ¿Hay que entenderlo siempre? ¿Si no lo entiendes no puedes opinar? ¿Todo vale?

Pues, aunque ir caminando por la IFEMA y quedarse con ciertas expresiones, verbales o faciales,  no tiene desperdicio, hoy paaaaaaaso de ese debate. Por algo este es mi blog y con él hago lo que me viene en gana.

En fin, que decía Aristóteles que “el arte imita a la naturaleza”; y no, tampoco voy a entrar en filosofías pero esta sentencia, aunque no deba tomarse con extrema literalidad  ni sacarse de contexto, me sirve para un comienzo. Y es que me han encantado estos árboles de papel maché. Bonicos, ¿eh?

Árboles ARCO 2015

En la versión moderna de “imitar” he visto el dibujo de un video de youtube de Lady Gaga con su play y todo (lo siento, un foco amenazante impidió la foto). Y en la versión social asistimos a un collage hecho con los numeritos de espera en el INEM:

Paro inem ARCO 2015

Esperar turno en las oficinas del paro hasta completar la jornada laboral

Imitar está bien, pero engañar mola más. Y si no fíjate. ¿Qué te sugieren estos “chorizos” o este cojín? Blandura, ¿verdad?. Pues, “cágate lorito”, que las salchichas son de cemento y el cojín es de mármol.

cemento

cojín_de_mármol_ARCO

 

Dura está también la economía, pues sí, porque a pesar de que hay dos pabellones llenos de cosas ¡¡¡a mí no me han regalao ná!!! Bueno sí, la entrada. Se nota, ¿no?

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Javier Marías rechaza (sí, pero no) el Premio Nacional de Narrativa

Que alguien renuncie a un premio es noticia porque es raro, no suele pasar. Cuando me enteré de que Javier Marías ha rechazado el Premio Nacional de Narrativa lo primero que se me pasó por la cabeza es que lo había hecho por motivos (anti) políticos pero he visto que no ha sido (sólo) por eso. Hay más razones, un conjunto de ellas que hacen de esta decisión, desde mi punto de vista, una decisión consecuente pero incongruente.

Javier Marías rechaza Premio Nacional de Narrativa

No es que me importe demasiado este autor al que, debo confesar, apenas conozco como columnista. Confieso, además, que no he leído “Los enamoramientos”, su obra premiada. Esto es irrelevante para lo que nos ocupa. Lo que me ha interesado realmente han sido sus motivos para rechazar este premio. En la rueda de prensa que dio en el Círculo de Bellas Artes de Madrid dio algunas claves. Este video es sólo un fragmento:

(enlace al vídeo)

Sin embargo, el  haber prestado atención a la intervención pública donde exponía sus argumentos no me ha aclarado mucho las cosas. Y eso, el hecho de que un “profesional de la palabra” no explique las cosas claras me ha sorprendido mucho. Se podría decir que han sido las prisas, los nervios o el no tener las ideas del todo claras. Pero no, lo cierto es que el autor había tomado la decisión hace ya bastante tiempo y esta ha sido, según ha dicho el mismo Javier Marías, una de las razones por las que no aceptar el galardón:

“En este país hay poca memoria para lo que conviene; la gente puede cambiar de opinión, y me parece bien; pero me parecería inconsecuente, de una cierta sinvergonzonería que con mi postura de estos años de pronto hoy, por un premio con una cantidad apreciable de dinero, dijera que sí. Habría sido indecente por mi parte” 

Ahora bien, ¿cuáles son las otras razones? Pues de todo lo afirmado por el autor podrían resumirse en cuatro:

  1. Porque no quiere “que se hable mal de él”, es decir, que la gente piense que se le otorga un premio por favoritismo: “No quiero que nadie pueda interpretar como favoritismo hacia mí el que se me diera un premio así”.
  2. Porque “tal vez es mejor estar en la lista de los que no” recibieron premios nacionales, como los escritores Juan Benet, Juan García Hortelano o Eduardo Mendoza. Y, sobre todo, como su padre, el filósofo Julian Marías: “Pensé que si él no mereció ese premio, a lo mejor yo tampoco era merecedor”.
  3. Porque el Estado no debe premiarle por ser escritor: “Creo que el Estado no tiene por qué darme nada por ejercer mi tarea de escritor que al fin y al cabo es algo que yo elegí”.
  4. Porque es mejor invertir ese dinero en otras cosas:“creo que es mejor que ese dinero el Ministerio lo destine a lo que le parezca. Ojalá lo destinaran a las bibliotecas públicas, que han recibido un presupuesto de 0 euros para 2013, lo cual me parece escandaloso.” 

Vayamos por partes. Estas son mis reflexiones sobre cada punto, sin ánimo de adoctrinar:

  1. Está bien desligarse de la política o de instituciones estatales:

    “Es una postura que mantengo prescindiendo de quién gobierna, me da igual que sea el PSOE o el PP. Decidí que no iba a prestarme, no quería que en modo alguno se dijera: ‘Este ha sido favorecido, le han invitado mucho al Cervantes, ha hecho carrera gracias a ayudas estatales…”

    Pero no puedo evitar pensar que el Premio Nacional de Traducción que ganó en 1979 (“Tenía veintitantos años y no había decidido nada de esto”) y el de la Comunidad de Madrid en el 1998 (“Dudé, pero era un premio sin mucha repercusión y era de mi ciudad natal”) le han ayudado enormemente a llegar donde está y poder decir ahora lo que dice. Que sí, que hay principios que se asientan con el tiempo, pero no estaría mal reconocer que “el enemigo” te ha ayudado a ser quien eres.

  2. Vale, entiendo que no quiera ser considerado “una especie de abanderado oficial” como no lo fueron otros grandes autores pero lo que no entiendo es la incongruencia con otra actitud de hace poco más de un año. En un artículo llamado “Cortar el revesino” se lamentaba de que España sólo ofrezca reconocimientos a título póstumo o cuando el autor, por viejo, es ya apenas un autor. Quizás trate de aclarar su propia contradicción con estas palabras:

    “Sería absurdo que dijera: nunca cambiaré de idea. Yo no cambio mucho de opinión, la verdad. Pero todos vamos matizando. Es absurdo que dijera que voy a ser inamovible hasta el fin de mis días. A lo mejor cuando tenga 85 años y esté con pocas facultades de pronto me hace una ilusión loca que me den un premio. En principio no preveo que haya motivos para cambiar de postura”.

  3. A ver, sí, claro que el Estado no debe darte nada por tu tarea de escritor, porque es tu trabajo y para eso ya te pagan las editoriales. Ahora. Ahora que puedes vivir de eso. Pero ¿le dirías a un joven emprendedor que no acepte ayudas estatales para montar una empresa? ¿un joven escritor prometedor sin recursos debe rechazar ayudas o premios que le permitan publicar o poder llegar a dedicarse a ello?

  4. Dice Javier Marías que aceptar ese dinero y donarlo sería demagógico: “Es momento de gran dificultad económica para todo el país, para mucha gente. Quizás lo de aceptar el premio y luego donar el dinero habría sido un poco demagógico.” Entonces sale con que es mejor que el “Ministerio lo destine a lo que le parezca”. Y se queja del presupuesto cero para las bibliotecas. Pues eso sí que me parece demagógico: que para rechazar el premio se de un motivo económico, de una mala gestión del gobierno en cuanto a política cultural (“quizás en este momento se añade otro motivo más para mantenerme en esta postura”) pero sin embargo se deje en estas manos la decisión sobre su reinversión. Señor Marías, hay muchas iniciativas para acercar la cultura a la gente y a veces una donación es la mejor manera de ayudar y de asegurarse de que la cultura siga viva. Además de que, en mi opinión (siempre), la cultura va más allá de la literatura (“entiendo que haya recortes en Cultura cuando es necesario, a sectores como el cine, el teatro, la ópera, que son efectivamente caros, pero no entiendo que afecte a las bibliotecas públicas.”)

En definitiva, mis reflexiones no terminan de llevarme a puerto seguro. Pienso que Javier Marías hay sido muy consecuente al no aceptar el premio, dados sus propios motivos personales; pero echo de menos una postura más determinante sobre el por qué de este rechazo. Como la de Santiago Sierra al renunciar el Premio Nacional de Artes Plásticas 2010 por:

“Un Estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un Estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un Estado empeñado en el desmontaje del Estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local”

Porque si bien no quiere ser “favorito” de España, al mismo tiempo parece tratar de cubrirse las espaldas y de no cerrarse puertas, que nunca se sabe. Sólo al final de su explicación ante los medios toma cierta postura (con un “quizás”, “me da la impresión”) en este sentido: “el actual gobierno empieza a recordar la actitud del franquismo en cuanto a la cultura”.

Al final, lo único que me queda claro es que Javier Marías no ha rechazado el reconocimiento sino sólo el dinero del premio.

(La fotografía pertenece a la Universidad Pontificia Católica de Chile, licencia Creative Commons.)

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La última palabra

No siempre experimento la misma sensación cuando acabo de leer un libro. A veces siento emoción por las últimas palabras a las que siempre llego deseosa, esperando una iluminación, una revelación, un escalofrío. Como el que sentí por dos veces en mi adolescencia ante las de El Misterio del Solitario (Jostein Gaarder). Una, cuando mi hermano mayor me las anunció y la segunda cuando, lejos de enfadarme con él por adelantármelas o de pensar que ya no tenía sentido acercarme a esta obra (en realidad no me había indicado el final y tampoco el argumento) las leí al final de una grata lectura.


Después de aquello no podía evitar leer la última frase de cada libro que me disponía a comenzar pero, viendo que yo misma me destrozaba la aventura adelantando lo que poco a poco había de ser descubierto, me limité a curiosear la última frase y luego únicamente la última palabra. Algo que ya nunca hago, supongo que he aprendido a tener paciencia.

El extremo contrario lo experimenté gracias a Lewis Carrol, al leer Alicia en el País de las Maravillas y la “segunda parte”,  A través del Espejo. Encantadísima con lo que se me presentaba, con el vuelo de la imaginación que recuerdo como un baile de colores y personajes surrealistas y geniales decidí, en las últimas páginas, leer sólamente una cada día, deseando que no se acabara nunca, alargándolo lo más posible. Presa de mi propia iniciativa, cada día esperaba que la siguiente hoja no acabase con un punto al final, para poder saltarme mis propias normas y llegar un poquito (¡sólo un poquito!) más allá. Sentía algo parecido a la emoción de poder ver un nuevo capítulo de alguna de mis series preferidas.

Pero no siempre me he encontrado en uno de estos dos supuestos: desear el final o no desearlo. Ha habido momentos en los que el final, o los finales, los decidía yo. Cómo y cuándo. Uno de los libros que más veces leí y nunca repetí fue uno de aquellos de “elige tu propia aventura”, versión moderna de Rayuela (Julio Cortázar) para niños en la que, al cabo de unas cuantas páginas se me aparecía un mensaje del tipo:

Si quieres que John y Sarah vayan a buscar a sus padres ve a la página 65.

Si por el contrario prefieres que acompañen a esos extraños nuevos amigos ve a la página 34.

Mundos paralelos (Jay Leibold), se llamaba, y venía de regalo con un estuche de lápices. ¡Y vaya regalo! Agoté todas las opciones marcando con una X cada final alcanzado para no repetirlo y, cuando no había más, volvía al principio, buscando más combinaciones, negándome a creer que aquello no fuese infinito.

¿No es genial que un libro te hable? Es como si se eliminaran las barreras entre la tinta y mi ilusión (no sólo la de cuando era niña) permitiéndome formar parte de lo que está pasando. Es como si el libro no fuera del todo un libro. Recuerdo otra de estas aventuras, precisamente llamada No soy un libro (Jose María Merino), en la que las páginas blancas habituales y por las que aparentemente discurría una historia convencional eran bruscamente interrumpidas por otras de color negro en las que aparecía el mensaje:

No soy un libro, no soy un libro, no soy un libro…

El libro que he terminado hoy, A sangre fría (Truman Capote), me ha dejado un sentimiento de desamparo, de desprotección, creo que motivado no tanto por los personajes asesinos, o por el hecho de haber pasado un largo tiempo con ellos hasta llegar a la página 444 (bonito número) sino por el…. FIN.

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Anatidofobia: Miedo a estar siendo observado por un pato.

Miedos hay miles, millones. Hoy día se dice que vivimos en la sociedad del miedo, lo que en mi opinión no puede más que desembocar en un miedo generalizado a la sociedad, o incluso al hombre (¿odio?). Los miedos paralizan, engañan, ocultan, limitan y pueden crecer si no los controlamos. En el mundo de los miedos y de las fobias hay de todo y para todos. La lengua y la literatura tampoco se salvan.

miedos y fobias letras

No voy a entrar en los orígenes de estas patologías ni en su consideración clínica porque, sinceramente, no tengo ni idea. ¿Miedo a emitir opiniones o a la crítica? Pura ignorancia y punto. El caso es que me he encontrado con cositas interesantes como la que da título a esta entrada. Volviendo al mundo de las letras, os ofrezco una selección de fobias, una pequeña muestra de lo raros que podemos llegar a ser:

– Aibofobia: Miedo a las palabras palíndromas (la que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda)

– Bibliofobia: Miedo a los libros.

– Escriptofobia: Miedo de escribir en público.

– Grafofobia: Miedo, angusta de escribir.

– Helenologofobia: Miedo a los términos griegos o de la terminología científica compleja.

– Hispanofobia: Miedo o repulsión hacia los hispanos, a la lengua española o hacia la cultura hispánica.

– Ideofobia: Miedo a las ideas o a la razón.

– Logofobia: Miedo a las palabras, a pronunciar ciertos fonemas.

– Metrofobia: Miedo u odio a la poesía.

– Nomatofobia: Miedo a los nombres.

– Onomatofobia Miedo de un nombre o de una palabra en particular.

– Verbofobia: Miedo a las palabras.

– Xenoglosofobia: Miedo a lenguas extranjeras.

Pero sin duda la ganadora, la fobia que más me ha llamado la atención, por su propia incoherencia nominativa ha sido esta:

Hipopotomonstrosesquipedaliofobia (o Sesquipedaliofobia): Miedo a la pronunciación de palabras largas, complicadas o inusuales por miedo a equivocarse.

Vamos a ver… ejem… mejor no saber que tienes hipopotomostro… si es que lo tienes. En todo caso, mejor no saber el nombre de lo que tienes. En fin, hay cosas peores, como la Psicofobia o miedo a la mente. Mejor no lo pienses.

(enlace al video)

Fuente: diccionario de fobias

P.D.: El que no tiemble cuando su pareja le dice “tenemos que hablar” debe de tenerle mucho miedo a oír…

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Ortega, Rajoy y la hipocresía deshumanizada

España solicita a Europa un rescate a su economía. España es Europa, España es el euro, España es la hipocresía deshumanizada. Como el arte que definía Ortega y Gasset allá por los años 20, cuando los ismos de vanguardia calaban en el arte español, desde Picasso a Gómez de la Serna.

Me han sorprendido que un telediario comparasen a Ortega con (la política de) Rajoy por cuanto ambos han pujado por una integración de España en Europa. Y las comparaciones, como dice siempre un buen amigo mío, son odiosas.

España vendido rescate

Sí, abogaba Ortega y Gasset por un intelectualismo europeísta, fundamento del Novecentismo o Generación del 14.  Pero también por un racionalismo (opuesto al subjetivismo de la Generación del 98, inmediatamente anterior) y una distancia y perspectiva al tratar el tema de España. Se buscaba regenerar un país que, después de haber sufrido el desastre del 98 pasó de (volver a) ser monárquico a (volver a) ser republicano, gobernado por la Dictadura de Primo de Ribera entre medias y sufriendo la Guerra Civil después. Etcétera. Demasiados cambios para esta España y para este filósofo que disputó con Unamuno el conocido debate sobre si europeizar a España o españolizar a Europa. Ese es el contexto para la comparación, que pierde entonces su validez lógica.

Y es que Ortega no pedía un rescate financiero, si bien del regeneracionismo liderado por Joaquín Costa, otro movimiento que apostaba por una europeización de España, surgió un movimiento agrario que dio lugar a la aparición de Cajas Rurales y de Sindicatos Agrícolas, muchos de ellos promovidos por eclesíásticos y católicos. Trataban de luchar, en parte, contra el caciquismo. ¿Contradictorio?

En fin, lo que pedía Ortega era una formación intelectual que permitiera a los españoles dejarse gobernar por un gobierno de los mejores. Una transformación desde el poder, desde arriba, que apenas tuvo cinco años para materializarse en la Segunda República.

Me pregunto que diría Ortega de esta España europeizada si levantara la cabeza. Quizás escribiera una segunda parte de La rebelión de la masas dedicada al 15M. Quizás se uniría ahora a Unamuno afirmando “Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo. ¿Que ellos inventan cosas?, invéntenlas“. Quizás preferiría ser africano al ver que no, que no hemos aprendido nada, que somos unos vendidos. Y ahora toda España apoyando a la roja, que es domingo, es el día del señor, hay partidazo y ya se ha resuelto la situación. Hay mucha hipocresía.

Forges elpaís 10 de junio

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Super Mario Bros gana el Príncipe de Asturias de la Comunicación

El japonés Shigeru Miyamoto ha ganado el premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y Humanidades. Al oírlo me he quedado estupefacta, con un sentimiento mezcla de alegría y de confusión, de no entender. Alegría porque siempre me han gustado los videojuegos de Super Mario Bros (aunque mi hermano sólo me dejara ser Luigi), así como los de Donkey Kong Country. De ellos guardo muy buenos recuerdos, algunos no tan lejanos como podría pensarse. Pero… ¿comunicación?

Super Mario Bros Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación

Que sí, que se ha dado un paso en el reconocimiento del videojuego como tecnología aplicable a la vida social con buen fin  y que en ellos podemos encontrar narraciones de historias (no entro en el tema de la secuencialidad espacio-tiempo) muy buenas y de las que se puede aprender. Pero, insisto: ¿comunicación? ¿humanidades?

En los comentarios que he encontrado en la red, el debate se ha centrado en si es arte o no; o en si es un premio vendido, comprado, inútil, partidista, ilógico… por estar ligado a la monarquía y a la industria. Pero casi nada sobre comunicación. Apenas un par de opiniones, muy graciosas y oportunas:

 “¿Premio Príncipe de Asturias de comunicación? ¡pero si a veces te da la sensación con respecto a los niños que están engachados a la nintendo y es que cuando tienen la maquinita entre las manos es cuando menos comunicativos son!!!”

“Para conceder este premio a “la comunicación” sólo se me ocurre que a Felipito le guste la makinita. Se lo podían haber concedido, por ejemplo, al del cuento de “El rey y el elefante”. Gracias a éste último se han vertido chorros y chorros de tinta en relación al tema. Y eso es comunicar.”

Otros hablan de que han aprendido historia jugando “a  los Assassins Creed, a la saga Civilization o a los primeros Call Of Duty; desarrollar mi capacidad lógica con los rompecabezas de Legend Of Zelda o aprender inglés con Suikoden I.” . Y no falta quien apunta que Miyamoto ha sido considerado asimismo para otros premios como los de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión (BAFTA), en 2010. Premio que ya recibieron Stanley Kubrick o Harold Pinter.

Yo, por mi parte, sigo sin entenderlo. ¿Alguien me lo explica? Mientras tanto, os dejo con uno de los videos de Rémi Gaillard, un personajillo que se dedica a… mejor vedlo. Buena tarde.

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Escritores discapacitados: ¿por suerte o por desgracia?

el manco de lepanto Hoy ha tenido lugar en Barcelona una manifestación de discapacitados contra los recortes en empleo para este sector de la población. Pues me ha dado por preguntarme sobre el índice de discapacidad entre los escritores y he encontrado la nada, la invisibilidad.

Apenas algunos datos sobre escritores famosos con alguna minusvalía, como Cervantes, quien perdió el uso de una mano tras su participación en la Batalla de Lepanto; Homero y Borges, afectados de falta de visión (el último llegó a perderla por completo); el poeta irlandés Christy Brown, paralítico cerebral que escribía con un pie; o la dislexia de Hans Christian Andersen, que no le impidió escribir cuentos que han marcado nuestra infancia, como “El patito feo”.

Estoy segura de que haberlos los hay a millones, por lo que espero que esta falta de información o de visibilidad al respecto se deba más a la legítima normalización de este estado que a la indiferencia de la sociedad ante ello. De hecho, hay quien afirma que no hay mal que por bien no venga, que de lo malo se aprende para dar lo mejor. Entonces la cuestión sería: ¿tiene un mérito especial el hacer literatura careciendo de alguna facultad o, por el contrario, esta falta ayuda a desarrollar competencias artísticas? Si alguien tiene una respuesta (no digo “la” respuesta), dejo a su disposición la sección de comentarios para compartirla con los que dudamos sobre ello. Buenas tardes.

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