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Retrato unipersonal de ambos

Me gusta tu pelo, negro blanquecino, liso, suave, corto. Menos. Así. Un poco más despeinado. Ya.

¿Te acuerdas de cuando me contabas acerca de Santi? Ya lo conozco bien, también a Angie aunque nunca la haya visto. Y a Rocío, aunque solo la viera un par de veces. Pero ya son mis amigos.

Tus ojos. Achinados por arriba. Arrugas de felicidad a los lados. Más pequeños. Más juntos. Perfecto.

Me gusta tu música pero no la escucho. Como tú. ¿Y esos libros de los que me hablaste? Ya los voy recomendando con esas mismas palabras que memoricé cuidadosamente.

Me sorprende tu nariz, tan pequeña en un cuerpo tan grande. Achatada. No tanto. Eso. Y un poco puntiaguda.

¿Y esas ideas que me contabas sobre la teoría fractal? Son ahora mi religión y culto. E incluso comienzo a tener seguidores. No te preocupes: los cuidaré.

Tu cuerpo, delgado pero fuerte. Ancho pero proporcionado… excepto en los pies. Peloso. No, no hay tanto pelo en el pecho.

¿Te gustas? ¿Te gusto?

Traté de alcanzarte, de tocarte, de hacerte daño. No podía soportar la idea de vivir sin mí, así que me hice tú. Tuya. Lo siento, nunca pude amarte: te admiré demasiado. Ahora ya no existes. Ahora ya te tengo. Apártate de mi camino.

perfect_sense

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Pueblos de acogida

Vuelvo a Madrid con energías renovadas después de unos días en el pueblo. No en el mío, que viendo lo que acabo de ver no sé si volveré a llamar pueblo sino más bien una horrible ciudad dormitorio de unos 70.000 habitantes. No, el pueblo que he visitado es el de un amigo mío, uno de esos de la España de interior, de los de agropop total.

Un_pueblo_de_acogida

Ni playa, ni río, pero mucha mucha montaña y muy buenos alimentos. Aún forzando al máximo mi acento provinciano (“Yo nunca he hablado fino“, me decía aquí el catalán más andaluz que he conocido en mi vida) para no sentirme demasiado forastera (“¿De dónde ereh?” – me preguntaban – “No hablah como nosotroh… pero de Madrid tampoco“), mi mirada de asombro repetida hasta la extenuación me delataba. Y es que no es para menos. El primer día andábamos tomando un gin-tonic de esos de media tarde (¡por 3 euros!) en una terraza y quedé sorprendida cuando un joven salió del bar, se subió en su quad, arrancó y se fue tranquilamente por la carretera (me explicaron que es un transporte habitual ya que se usa para ir por los “carriles” (“caminos”, en mi idioma) del monte y que en el pueblo, de unos 6.000 habitantes, habrían unos 100 vehículos de este tipo). Pero eso no era nada. Algo más tarde, otros dos mozos pasaron ante mis ojos cabalgando en sendos caballos blancos. El príncipe azul lleva chándal en este cuento. Por otro lado, el medio de transporte más conocido, el coche, suele presentar un aspecto bastante original por estas tierras ya que las lunas de los asientos posteriores están tintadas. El por qué os lo dejo a vosotros.

Había pensado escribir este post a modo de diario para no dejar fuera ninguna de las experiencias que he vivido en tal peculiar lugar, pero entonces me alargaría muchísimo, por lo que trataré de retenerme. Los despertares ya eran, para mi desgracia, originales, con el alarmante pitido del coche de “el del pan” o los gritos de “el de las patatas”. Menos mal que había churros. Por no hablar de los tambores semanasanteros que salían de la bonita iglesia aledaña del siglo XVI a la que se acercaban las gentes del lugar para ver los pasos (hasta tres seguidos, cada uno con su orquesta) o a rezar durante innumerables horas, aunque no supieran (así se lo “reprochaba” el padre de mi amigo a su madre… una de las pocas cosas que le entendí). Curiosa familia ésta, adorable, que en casa tenía de hilo musical el “canto” de dos “pájaros perdices” que reclamaban hembras desde sus jaulas en el patio interior. Los que ya no molestaban eran los animales disecados del salón de abajo, orgulloso trofeo de caza del padre y quizá víctimas de alguno de los cartuchos vacíos que pude ver en su ranchera (ésta ya sin lunas tintadas). Pero para nimalicos los que han acabado vendiéndose de esta manera tan original (no vaya a ser que te dé por hacer una barbacoa de madrugada y encuentres la carnicería cerrada).

Carne_máquina_expendedora

En cuatro días no he presenciado ni una sola discusión o pelea. No te conviene si no quieres enemistarte con los pocos vecinos que tienes, o si no quieres tener que ir a buscar pareja al pueblo de al lado (teniendo que saltarte uno porque en el más próximo los que “te calientan” si vas buscando una chica son los hombres. Lo que es de uno es de uno, oiga). Ni yo misma he querido “discutir” cuando alguien ha dado por hecho que era la novia de mi amigo, y así me ha presentado. Chico + chica = matrimonio. Y no hay más que hablar. “¿¿Pero eh que t’ah casaooo??” – es una pregunta que he oído en más de una ocasión, ¿y cómo vas a negar algo ante unos ojos tan esperanzados? Lo importante es la integración. Y tú, ¿de quién eres?

Volviendo al tema de la falta de mar o de cursos fluviales (que alguno hay, pero para mojarse los pies y poco más), una persona tan obsesionada con el agua como yo no puede terminar de entender cómo se puede vivir toda la vida al pie de la montaña y no sentir agobio (¡pero si hasta la madre de Marco se fue buscando el mar!). Me cuenta mi amigo que por algo este pueblo es el segundo con mayor índice de suicidios de toda España (información no contrastada). Torre del castillo cerrada, por supuesto. Y es que si en verano las temperaturas hacen explotar los termómetros, en invierno la nieve se encarga de inmovilizarte del todo.

Me hacía gracia cuando mi amigo me enseñaba EL colegio, LA guardería, etc. Uno y no más. Y si eres de familia que prefiere privado te tienes que ir a otro pueblo. Y si quieres universidad… pues eso.

Bueno, pues que me lo he pasado muy bien. Pocas veces me he sentido tan cómoda entre gente desconocida, hasta unas chicas me adoptaron una noche diciendo: “eh nuehtra amigaaaaa” (o igual no fue exactamente así). Tras una acogida de este tipo ya solo puedo decir que sí, que por fin, ¡yo también soy de pueblo! No olvidemos la naturaleza y lo auténtico, amigos, que en la city de aquí a nada ya no se podrá ni respirar (1.439 árboles talados durante estas fiestas).

(Nota: a quien adivine de qué pueblo se trata le regalo un kilo de almendras, que me he subido con unos cuatro y yo quería un puñao na máh; al que lo sepa y no lo diga le regalo dos, que aquí no se trata de destacar unos pueblos sobre otros… ¿o sí?)

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Ni un póster

Cómo cansa ver arte y cómo cansa ARCO (ojo: esta frase no es redundante para todo el mundo). En el buen sentido y desde el respeto. Pero por eso este post será corto, que además es domingo, es tarde y no he cenado. La verdad es que hoy he ido a esta feria de arte contemporáneo con la idea de buscar algo para decorar mi casa, que me acabo de mudar. Pero nada.

No pienso hacer una crítica constructiva de lo que he visto principalmente porque, lo reconozco, no tengo casi (he dicho “casi”) ni idea de arte. Idea en el sentido de “entender”, porque ojo, que persona soy e inevitablemente ciertas

Yes to all ARCO 2015

obras me producen algunas emociones o sentimientos. ¿Qué es arte? ¿Hay que entenderlo siempre? ¿Si no lo entiendes no puedes opinar? ¿Todo vale?

Pues, aunque ir caminando por la IFEMA y quedarse con ciertas expresiones, verbales o faciales,  no tiene desperdicio, hoy paaaaaaaso de ese debate. Por algo este es mi blog y con él hago lo que me viene en gana.

En fin, que decía Aristóteles que “el arte imita a la naturaleza”; y no, tampoco voy a entrar en filosofías pero esta sentencia, aunque no deba tomarse con extrema literalidad  ni sacarse de contexto, me sirve para un comienzo. Y es que me han encantado estos árboles de papel maché. Bonicos, ¿eh?

Árboles ARCO 2015

En la versión moderna de “imitar” he visto el dibujo de un video de youtube de Lady Gaga con su play y todo (lo siento, un foco amenazante impidió la foto). Y en la versión social asistimos a un collage hecho con los numeritos de espera en el INEM:

Paro inem ARCO 2015

Esperar turno en las oficinas del paro hasta completar la jornada laboral

Imitar está bien, pero engañar mola más. Y si no fíjate. ¿Qué te sugieren estos “chorizos” o este cojín? Blandura, ¿verdad?. Pues, “cágate lorito”, que las salchichas son de cemento y el cojín es de mármol.

cemento

cojín_de_mármol_ARCO

 

Dura está también la economía, pues sí, porque a pesar de que hay dos pabellones llenos de cosas ¡¡¡a mí no me han regalao ná!!! Bueno sí, la entrada. Se nota, ¿no?

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He vuelto

He trabajado en la cinta de una fábrica con el melocotón. Y en una librería-imprenta-y-papelería-Cantero. He sido heladera, promotora… y periodista. Camarera. Periodista he sido a veces, en ocasiones. Periodista y casi. Periodista freelance, periodista becaria varias veces. Radio. Tele. Una noche hice control de stock en un supermercado. Durante dos días trabajé en el McDonalds, durante cinco en Bershka y durante un mes fui taquillera del Circo del Sol. Durante un par de semanas me he vestido de blanco y me he atado un enorme globo de helio al brazo para promocionar el autobús que pasa por las luces navideñas de Madrid. Copy Writter en una revista de automoción. Dependienta en una tienda de disfraces. Productora local y traductora de francés e italiano en tres programas de televisión. Francia, Italia, Centro Cultural de España en México. Festival Internacional de Circo de Albacete. Traductora. Examinadora. Profesora de español en negro. Gané 30 pavos por reservarle a un señor italiano el hotel y la cena de Nochevieja en Málaga.

curriculum vitae

Content Manager

Cobradora

Community Manager

Comercial

¡Coño!

Probablemente haya hecho cosas que no recuerde. Cursos, becas, viajes, gente. Debería ser una persona realizada. Debería saber lo que quiero. Debería. Y por eso he vuelto (“repite conmigo: he vuelto”), como quien no quiere la cosa (qué graciosa…), a escribir.

Gracias a los que me dais la lata con que coja el boli. O las teclas. Si algo sale mal o alguien sale herido, la culpa ya no es mía.

(Foto de Flickr Stoned59 con licencia Creative Commons)

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Historia del árbol flotante

Érase un árbol flotante que sin raíces vagaba por el mundo. Dejábase llevar por el viento dejando que sus hojas se impregnaran de cuanta diversa naturaleza encontraba por el camino.

Cansado, buscaba a veces tomar tierra, si bien pasado un rato y dependiendo de la consistencia del terreno, caía y, en su horizontalidad, pesado, no se encontraba relajado sino incraustrado. El aire y el agua que éste le daba eran lo único que le ayudaban a sobrevolar de nuevo.

Buscaba el árbol flotante tierra donde asentarse, pero no encontraba más que arena, fango o terreno infértil. En las ciudades el veneno le enfermaba y en el campo no era útil por ser árbol sin fruto, sin raíces. Árbol flotante.

Viajó por muchos países, soportando el peso de unas hojas cargadas de suspiros que no hacían sino ralentizar su travesía. Hojas que cambiaban de color a su aire, sin hacer caso del tiempo, de las estaciones. Que una cayera podía ser motivo de pena o de alegría, con frecuencia de las dos cosas al mismo tiempo.

Porque
cuando una hoja caía
el árbol flotante perdía
una parte de sí que
buena o mala
formaba
al fin sin cabo
su identidad áurea.

 

(La increíble fotografía es del Flickr de delgaudm, licencia CC)

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Javier Marías rechaza (sí, pero no) el Premio Nacional de Narrativa

Que alguien renuncie a un premio es noticia porque es raro, no suele pasar. Cuando me enteré de que Javier Marías ha rechazado el Premio Nacional de Narrativa lo primero que se me pasó por la cabeza es que lo había hecho por motivos (anti) políticos pero he visto que no ha sido (sólo) por eso. Hay más razones, un conjunto de ellas que hacen de esta decisión, desde mi punto de vista, una decisión consecuente pero incongruente.

Javier Marías rechaza Premio Nacional de Narrativa

No es que me importe demasiado este autor al que, debo confesar, apenas conozco como columnista. Confieso, además, que no he leído “Los enamoramientos”, su obra premiada. Esto es irrelevante para lo que nos ocupa. Lo que me ha interesado realmente han sido sus motivos para rechazar este premio. En la rueda de prensa que dio en el Círculo de Bellas Artes de Madrid dio algunas claves. Este video es sólo un fragmento:

(enlace al vídeo)

Sin embargo, el  haber prestado atención a la intervención pública donde exponía sus argumentos no me ha aclarado mucho las cosas. Y eso, el hecho de que un “profesional de la palabra” no explique las cosas claras me ha sorprendido mucho. Se podría decir que han sido las prisas, los nervios o el no tener las ideas del todo claras. Pero no, lo cierto es que el autor había tomado la decisión hace ya bastante tiempo y esta ha sido, según ha dicho el mismo Javier Marías, una de las razones por las que no aceptar el galardón:

“En este país hay poca memoria para lo que conviene; la gente puede cambiar de opinión, y me parece bien; pero me parecería inconsecuente, de una cierta sinvergonzonería que con mi postura de estos años de pronto hoy, por un premio con una cantidad apreciable de dinero, dijera que sí. Habría sido indecente por mi parte” 

Ahora bien, ¿cuáles son las otras razones? Pues de todo lo afirmado por el autor podrían resumirse en cuatro:

  1. Porque no quiere “que se hable mal de él”, es decir, que la gente piense que se le otorga un premio por favoritismo: “No quiero que nadie pueda interpretar como favoritismo hacia mí el que se me diera un premio así”.
  2. Porque “tal vez es mejor estar en la lista de los que no” recibieron premios nacionales, como los escritores Juan Benet, Juan García Hortelano o Eduardo Mendoza. Y, sobre todo, como su padre, el filósofo Julian Marías: “Pensé que si él no mereció ese premio, a lo mejor yo tampoco era merecedor”.
  3. Porque el Estado no debe premiarle por ser escritor: “Creo que el Estado no tiene por qué darme nada por ejercer mi tarea de escritor que al fin y al cabo es algo que yo elegí”.
  4. Porque es mejor invertir ese dinero en otras cosas:“creo que es mejor que ese dinero el Ministerio lo destine a lo que le parezca. Ojalá lo destinaran a las bibliotecas públicas, que han recibido un presupuesto de 0 euros para 2013, lo cual me parece escandaloso.” 

Vayamos por partes. Estas son mis reflexiones sobre cada punto, sin ánimo de adoctrinar:

  1. Está bien desligarse de la política o de instituciones estatales:

    “Es una postura que mantengo prescindiendo de quién gobierna, me da igual que sea el PSOE o el PP. Decidí que no iba a prestarme, no quería que en modo alguno se dijera: ‘Este ha sido favorecido, le han invitado mucho al Cervantes, ha hecho carrera gracias a ayudas estatales…”

    Pero no puedo evitar pensar que el Premio Nacional de Traducción que ganó en 1979 (“Tenía veintitantos años y no había decidido nada de esto”) y el de la Comunidad de Madrid en el 1998 (“Dudé, pero era un premio sin mucha repercusión y era de mi ciudad natal”) le han ayudado enormemente a llegar donde está y poder decir ahora lo que dice. Que sí, que hay principios que se asientan con el tiempo, pero no estaría mal reconocer que “el enemigo” te ha ayudado a ser quien eres.

  2. Vale, entiendo que no quiera ser considerado “una especie de abanderado oficial” como no lo fueron otros grandes autores pero lo que no entiendo es la incongruencia con otra actitud de hace poco más de un año. En un artículo llamado “Cortar el revesino” se lamentaba de que España sólo ofrezca reconocimientos a título póstumo o cuando el autor, por viejo, es ya apenas un autor. Quizás trate de aclarar su propia contradicción con estas palabras:

    “Sería absurdo que dijera: nunca cambiaré de idea. Yo no cambio mucho de opinión, la verdad. Pero todos vamos matizando. Es absurdo que dijera que voy a ser inamovible hasta el fin de mis días. A lo mejor cuando tenga 85 años y esté con pocas facultades de pronto me hace una ilusión loca que me den un premio. En principio no preveo que haya motivos para cambiar de postura”.

  3. A ver, sí, claro que el Estado no debe darte nada por tu tarea de escritor, porque es tu trabajo y para eso ya te pagan las editoriales. Ahora. Ahora que puedes vivir de eso. Pero ¿le dirías a un joven emprendedor que no acepte ayudas estatales para montar una empresa? ¿un joven escritor prometedor sin recursos debe rechazar ayudas o premios que le permitan publicar o poder llegar a dedicarse a ello?

  4. Dice Javier Marías que aceptar ese dinero y donarlo sería demagógico: “Es momento de gran dificultad económica para todo el país, para mucha gente. Quizás lo de aceptar el premio y luego donar el dinero habría sido un poco demagógico.” Entonces sale con que es mejor que el “Ministerio lo destine a lo que le parezca”. Y se queja del presupuesto cero para las bibliotecas. Pues eso sí que me parece demagógico: que para rechazar el premio se de un motivo económico, de una mala gestión del gobierno en cuanto a política cultural (“quizás en este momento se añade otro motivo más para mantenerme en esta postura”) pero sin embargo se deje en estas manos la decisión sobre su reinversión. Señor Marías, hay muchas iniciativas para acercar la cultura a la gente y a veces una donación es la mejor manera de ayudar y de asegurarse de que la cultura siga viva. Además de que, en mi opinión (siempre), la cultura va más allá de la literatura (“entiendo que haya recortes en Cultura cuando es necesario, a sectores como el cine, el teatro, la ópera, que son efectivamente caros, pero no entiendo que afecte a las bibliotecas públicas.”)

En definitiva, mis reflexiones no terminan de llevarme a puerto seguro. Pienso que Javier Marías hay sido muy consecuente al no aceptar el premio, dados sus propios motivos personales; pero echo de menos una postura más determinante sobre el por qué de este rechazo. Como la de Santiago Sierra al renunciar el Premio Nacional de Artes Plásticas 2010 por:

“Un Estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un Estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un Estado empeñado en el desmontaje del Estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local”

Porque si bien no quiere ser “favorito” de España, al mismo tiempo parece tratar de cubrirse las espaldas y de no cerrarse puertas, que nunca se sabe. Sólo al final de su explicación ante los medios toma cierta postura (con un “quizás”, “me da la impresión”) en este sentido: “el actual gobierno empieza a recordar la actitud del franquismo en cuanto a la cultura”.

Al final, lo único que me queda claro es que Javier Marías no ha rechazado el reconocimiento sino sólo el dinero del premio.

(La fotografía pertenece a la Universidad Pontificia Católica de Chile, licencia Creative Commons.)

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La última palabra

No siempre experimento la misma sensación cuando acabo de leer un libro. A veces siento emoción por las últimas palabras a las que siempre llego deseosa, esperando una iluminación, una revelación, un escalofrío. Como el que sentí por dos veces en mi adolescencia ante las de El Misterio del Solitario (Jostein Gaarder). Una, cuando mi hermano mayor me las anunció y la segunda cuando, lejos de enfadarme con él por adelantármelas o de pensar que ya no tenía sentido acercarme a esta obra (en realidad no me había indicado el final y tampoco el argumento) las leí al final de una grata lectura.


Después de aquello no podía evitar leer la última frase de cada libro que me disponía a comenzar pero, viendo que yo misma me destrozaba la aventura adelantando lo que poco a poco había de ser descubierto, me limité a curiosear la última frase y luego únicamente la última palabra. Algo que ya nunca hago, supongo que he aprendido a tener paciencia.

El extremo contrario lo experimenté gracias a Lewis Carrol, al leer Alicia en el País de las Maravillas y la “segunda parte”,  A través del Espejo. Encantadísima con lo que se me presentaba, con el vuelo de la imaginación que recuerdo como un baile de colores y personajes surrealistas y geniales decidí, en las últimas páginas, leer sólamente una cada día, deseando que no se acabara nunca, alargándolo lo más posible. Presa de mi propia iniciativa, cada día esperaba que la siguiente hoja no acabase con un punto al final, para poder saltarme mis propias normas y llegar un poquito (¡sólo un poquito!) más allá. Sentía algo parecido a la emoción de poder ver un nuevo capítulo de alguna de mis series preferidas.

Pero no siempre me he encontrado en uno de estos dos supuestos: desear el final o no desearlo. Ha habido momentos en los que el final, o los finales, los decidía yo. Cómo y cuándo. Uno de los libros que más veces leí y nunca repetí fue uno de aquellos de “elige tu propia aventura”, versión moderna de Rayuela (Julio Cortázar) para niños en la que, al cabo de unas cuantas páginas se me aparecía un mensaje del tipo:

Si quieres que John y Sarah vayan a buscar a sus padres ve a la página 65.

Si por el contrario prefieres que acompañen a esos extraños nuevos amigos ve a la página 34.

Mundos paralelos (Jay Leibold), se llamaba, y venía de regalo con un estuche de lápices. ¡Y vaya regalo! Agoté todas las opciones marcando con una X cada final alcanzado para no repetirlo y, cuando no había más, volvía al principio, buscando más combinaciones, negándome a creer que aquello no fuese infinito.

¿No es genial que un libro te hable? Es como si se eliminaran las barreras entre la tinta y mi ilusión (no sólo la de cuando era niña) permitiéndome formar parte de lo que está pasando. Es como si el libro no fuera del todo un libro. Recuerdo otra de estas aventuras, precisamente llamada No soy un libro (Jose María Merino), en la que las páginas blancas habituales y por las que aparentemente discurría una historia convencional eran bruscamente interrumpidas por otras de color negro en las que aparecía el mensaje:

No soy un libro, no soy un libro, no soy un libro…

El libro que he terminado hoy, A sangre fría (Truman Capote), me ha dejado un sentimiento de desamparo, de desprotección, creo que motivado no tanto por los personajes asesinos, o por el hecho de haber pasado un largo tiempo con ellos hasta llegar a la página 444 (bonito número) sino por el…. FIN.

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