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He vuelto

He trabajado en la cinta de una fábrica con el melocotón. Y en una librería-imprenta-y-papelería-Cantero. He sido heladera, promotora… y periodista. Camarera. Periodista he sido a veces, en ocasiones. Periodista y casi. Periodista freelance, periodista becaria varias veces. Radio. Tele. Una noche hice control de stock en un supermercado. Durante dos días trabajé en el McDonalds, durante cinco en Bershka y durante un mes fui taquillera del Circo del Sol. Durante un par de semanas me he vestido de blanco y me he atado un enorme globo de helio al brazo para promocionar el autobús que pasa por las luces navideñas de Madrid. Copy Writter en una revista de automoción. Dependienta en una tienda de disfraces. Productora local y traductora de francés e italiano en tres programas de televisión. Francia, Italia, Centro Cultural de España en México. Festival Internacional de Circo de Albacete. Traductora. Examinadora. Profesora de español en negro. Gané 30 pavos por reservarle a un señor italiano el hotel y la cena de Nochevieja en Málaga.

curriculum vitae

Content Manager

Cobradora

Community Manager

Comercial

¡Coño!

Probablemente haya hecho cosas que no recuerde. Cursos, becas, viajes, gente. Debería ser una persona realizada. Debería saber lo que quiero. Debería. Y por eso he vuelto (“repite conmigo: he vuelto”), como quien no quiere la cosa (qué graciosa…), a escribir.

Gracias a los que me dais la lata con que coja el boli. O las teclas. Si algo sale mal o alguien sale herido, la culpa ya no es mía.

(Foto de Flickr Stoned59 con licencia Creative Commons)

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Historia del árbol flotante

Érase un árbol flotante que sin raíces vagaba por el mundo. Dejábase llevar por el viento dejando que sus hojas se impregnaran de cuanta diversa naturaleza encontraba por el camino.

Cansado, buscaba a veces tomar tierra, si bien pasado un rato y dependiendo de la consistencia del terreno, caía y, en su horizontalidad, pesado, no se encontraba relajado sino incraustrado. El aire y el agua que éste le daba eran lo único que le ayudaban a sobrevolar de nuevo.

Buscaba el árbol flotante tierra donde asentarse, pero no encontraba más que arena, fango o terreno infértil. En las ciudades el veneno le enfermaba y en el campo no era útil por ser árbol sin fruto, sin raíces. Árbol flotante.

Viajó por muchos países, soportando el peso de unas hojas cargadas de suspiros que no hacían sino ralentizar su travesía. Hojas que cambiaban de color a su aire, sin hacer caso del tiempo, de las estaciones. Que una cayera podía ser motivo de pena o de alegría, con frecuencia de las dos cosas al mismo tiempo.

Porque
cuando una hoja caía
el árbol flotante perdía
una parte de sí que
buena o mala
formaba
al fin sin cabo
su identidad áurea.

 

(La increíble fotografía es del Flickr de delgaudm, licencia CC)

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Continuará

Hay un dicho que reza: “lo que da miedo es lo que realmente vale la pena”. No sé si habría que conocer a Freddy Krueger; me basta con descifrar, o al menos conciliarme con, lo que siento ante un eminente cambio vital. Me mudo a otro país, otra ciudad, otra vida… pero la misma mirada perdida. Perdón, ejem.

No es nada nuevo pero es algo otra vez. Único y repetible. Algo importante. Los cambios siempre traen ese noséqué de dudas, nervios y miedos que quéséyo. No es fácil, mi hija. Nada fácil expresar lo que se mueve en el vacío de una transición hacia lo desconocido, dejando atrás lo comedido, lo conseguido, lo convenido, lo ido.

Tengo ideas que llenan de luz mi futuro y sombras que apagan mi mente. Tengo ganas y fobia(s). Y tranquila y ansiosa busco signos de conjunción que unan partes inconformes. No son buenos tiempos y ya solo nos queda la lírica.  Imagino, creo, freno, vuelo, caigo, sonrío. Soy libre porque no tengo nada. Voy a reconformarme con el nuevo espacio. Nuevo idioma. Nuevas sensaciones, nuevas emociones, nuevas imágenes. Nuevas historias. Quizás cuente cómo me ha ido y si he conocido la felicidad.

Ni joven ni mayor,  el tiempo en mi cuerpo es un reloj de cuerda que necesita que le den vueltas. Y cuando suena hay que despertar aunque no esté en hora. Mancharse de lo bueno y limpiarse con lo malo. Guardar borradores. Guardar. Nunca borrar. Y seguir caminando aunque no haya lineas rectas ni cuadros que cobijen. Nunca antes una hoja en blanco había tenido mi nombre.

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Yo no bebo Coca-Cola

Estos últimos días he estado bastante ausente por motivos personales. Mientras me preparo para seguir con fuerza les dejo una pequeña historia que escribí hace unos meses y que vino a mi memoria… también por motivos personales.

tren

Salió de la cafetería de la estación con la lata de Coca-Cola en la mano y el corazón se le aceleró al ver cómo algunos pasajeros subían apresurados al tren. Otros, ya situados en sus asientos, se despedían de sus familiares y amigos desde las ventanas. 

Sin pensarlo dos veces corrió hasta alcanzar la puerta más cercana y subir a aquella máquina que ya comenzaba a andar. Aliviado, se apoyó para respirar durante un minuto en una de las paredes de aquel cubículo entre vagones. Por fin, sacó el billete y fue a buscar su asiento. Tenía la sensación de que olvidaba algo, “pero eso ocurre siempre que alguien deja un lugar” – pensó.

Coche 5. Plaza 2A. Era un asiento en sentido inverso a la marcha del tren, de los llamados “asientos-mesa” que tanto odiaba. Cuatro, a compartir con una mujer y su hijo pequeño, de unos seis o siete años. Tampoco eran de su agrado los niños, aún menos los niños en los transportes públicos. Pero éste, al menos, permanecía extrañamente callado. Tan sólo le miraba, primero a la cara; luego iba bajando hasta pararse en su cintura, junto a la que descansaba la lata de Coca-Cola.

Ya relajado empezaba a notar su falta  de energía tras una noche de despedidas, alcohol y más alcohol. Entonces, como bien había previsto, aquel niño comenzó a incordiar a su madre y, por ende, a su otro compañero de espacio. Quería ir a la cafetería, quería un refresco, y la madre no. Cafetería, mamá, refresco, mamá, mamá, mamá. 

Él adoptó la postura del “no molestar”: dejó el billete sobre la mesa, se recostó en el asiento, eligió el canal 3 y se puso los auriculares. Mamá, venga, mamá, venga vamos. Más volúmen. Mamá. Más. Mozart nunca hubiera imaginado que se le pudiese escuchar a tantos decibelios.  Y, ahora sí, cerró los ojos y se dejó llevar por sus sueños. Pensaba en su nueva vida, en todo lo que conseguiría con aquel nuevo trabajo. Pensaba en un futuro próspero, en el reconocimiento social que tanto esperaba. Y mientras se prometía a sí mismo que nunca volvería a pensar en el pasado, se quedó dormido.

Cuando despertó, el asiento de enfrente estaba vacío. El niño, sentado ahora a su lado, bebía de una lata de Coca-Cola. Al ver a la criatura tranquila, dejó por un momento la música y se quitó los auriculares. La madre, al ver que volvían a ser tres, se apresuró a decirle que lo sentía, que se la pagaba, que el niño ya la había abierto. Todavía algo dormido, él no entendía a qué venían esas disculpas. 

– “¿Quiere usted que le compre otra Coca-Cola?”

– “Pero si yo no be…”.- El corazón le dio un vuelco, cogió el papel sobre la mesa. Un billete sin marcar: 2B.- “¡Joder!”

“Las prisas”, pensó primero. “Los nervios, la resaca…”. Se movía en el asiento mirando el billete,  la plaza vacía, el pasillo.  La madre lo miraba, ahora confusa, culpable y asustada. Al darse cuenta él le respondió al fin:

– “No, no, gracias…yo… no la quería”

Y volvió a sus auriculares, esta vez a Haendel.  Más tranquilo, volvió a recostarse en el asiento. Miraba por la ventana como los árboles del camino iban quedándose inútilmente atrás. Y, casi sonriendo, se preguntaba ahora cómo había sido capaz de olvidar también su maleta.

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La hora

Hoy recordé una historia que escribí hace bastante tiempo…

La hora

Pasaban diez minutos de las seis y Jorge aún no había llegado, lo cual no sorprendía a María, que estaba acostumbrada a esperarle. Acostumbrada y harta. Era una chica de retos, le gustaba ponerse objetivos y luchar por conseguirlos, y esperaba lo mismo de los demás. Esta vez decidió que no esperaría más de media hora a su novio, tenía mejores cosas que hacer, o al menos eso quería pensar. Intentó convencerse de que no le importaba que Jorge llegara tarde, después de todo él siempre venía a recogerla.

Tirada en el sofá, no apartaba la vista del gran reloj que colgaba de la pared. Seguía el movimiento de la aguja con sus ojos. Tac, tac, tac, el sonido se hacía cada vez más insoportable… hasta que la aguja grande alcanzó el 6, y María se enfureció del todo. Pensaba en no abrir la puerta a Jorge cuando llegara, lo odiaba. Su tranquilidad le agobiaba, puesto que ella era todo lo contrario.

En la media hora que siguió María pensó de todo. Imaginó que estaría con sus amigotes sin importarle que ella estuviera allí, sola y aburrida. Comenzó a odiarle cada vez más, gritaba, golpeaba las paredes y el sofá. Quería llorar pero no podía. Estaba muy cabreada y hasta pensó en dejarlo con él. No debía llamarlo, debía cumplir su objetivo: pasar de él. ¿Acaso no tenía cosas mejores que hacer? Comenzó a pensar que algo podría haberle pasado, ¿un atasco?, o quizás algo peor: un choque, un grave accidente. La idea se iba haciendo cada vez más macabra: un camión-cisterna, una explosión, varios muertos, la noticia en el telediario… Sus pensamientos iban demasiado deprisa. Del odio pasó al miedo ¿Por qué no llegaba? ¿Qué estaba pasando? ¿Debía llamar? No, tenía un objetivo: pasaría de él.

Los siguientes minutos fueron agobiantes y desesperantes. A las menos diez sonó el timbre. “A buenas horas” – pensó María, que ya no sabía si estaba contenta o enfadada.  No sabía qué hacer, ¿y su objetivo? Debió tardar unos minutos en decidirse porque en seguida recibió un mensaje de Jorge: – “Tía, estoy llamando a tu timbre, ¿dónde estás? ¿por qué no contestas?”. Después de leerlo, María no pudo hacer otra cosa que reírse. Era una risa inquieta, nerviosa, culpable.

El teléfono móvil marcaba las seis menos diez, una hora menos que el reloj del salón. María había olvidado que la noche anterior, la del último domingo de octubre, debía cambiar la hora.  Y al contrario de lo que se espera con esta medida, María no percibió ningún ahorro de energía, sino todo lo contrario.

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Amor en paro

Con este escrito fui premiada el año pasado en un certamen de cartas de amor del ayuntamiento de Barakaldo. O como pone en el “to-feo”: Amodiozko Gutunen XVI Lehiaketa. “Bihotzaren Hitzak 2011”. Baste lo dicho para reconocerles los derechos cedidos de esta mi obra, a la que cambiaron el nombre (tenía que decirlo). Me ha costado un poco sacarla del cajón, así que espero que la disfrutéis. Feliz día de San Valentín, en especial a los amorosamente desempleados.

                                                                                                                                                                                                                                                                              Madrid, a 18 de enero de 2011

 Estimado Tomás,

Quiero presentarle mi candidatura para el puesto de “mujer de su vida”. Por ello, me permito el atrevimiento de escribirle esta carta de presentación  que es, a su vez, una carta de motivación y, ante todo, una carta de amor.

Me gustaría mucho dedicarme a usted el tiempo que fuese necesario ya que estoy segura de contar con la aptitudes y competencias apropiadas para hacerle feliz.

En nuestros encuentros profesionales he podido apreciar la calidad y grandeza de su corazón y, por tanto, es a su persona, y no a cualquier otra, a quien quisiera poder dar lo mejor de mí. El trato recibido por su parte, así como su personalidad y su dedicación a ciertos intereses compartidos, como la buena risa y los sueños perdidos, me han enamorado hasta el punto de dirigirle estas letras.

Como ya sabe, tengo bastante experiencia en temas relacionados con el amor. A lo largo de mi carrera sentimental he ocupado diferentes puestos en corazones de mayor o menor envergadura. En cada una de esas etapas he sido capaz de manejar situaciones de gran implicación emocional y he aprendido a equilibrar mis actitudes racionales y aquellas puramente pasionales. El enamoramiento, el encaprichamiento y la euforia de ciertos momentos pero también las dudas,  los desengaños, las inseguridades y los miedos, me han llevado a adquirir cierta autonomía así como la empatía y comprensión suficientes para un bonito trabajo conjunto.

En cuanto a las tareas propias del puesto, podría serle útil en la organización de este amor sin medida, en la producción de eventos apasionantes y en la comunicación verbal y corporal de alegrías y penas.

Estaría encantada de amarle horas extras e incluso de tratar con momentos desagradables, si ello nos permite evolucionar y crecer como equipo.

La competencia será mucha, ya que sólo soy una entre todas. Yo le ofrezco la locura responsable de hacer primar la lealtad y la confianza en la promiscua relación con la libertad.

Sin más, le dejo a usted la decisión de querer quererme si es que quiere. Si lo considera necesario, podría pasar un periodo de cariño retribuido según convenio.

Le aseguro que trabajaré con paciencia para enamorarlo y comprenderlo. Pero le advierto, estimado Tomás, de que corre el riesgo de no querer volver a recibir jamás una carta de amor como ésta.

 Atentamente,

Amor en paro

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¿Dónde estoy?

Desperté desconcertada, sin saber dónde estaba… y lo vi. Mareada, tardé en reconocerlo. “¿Estás bien?” me preguntó. No sabía qué decir. “¿Quieres tomar algo?, ¿un zumo?”. “Sí, un zumo, gracias”. Me incorporé y traté de guardar la compostura. Hacía mucho tiempo que mi cuerpo no me traicionaba hasta ese punto. Todo empezó con una leve punción en mi interior. Luego, sus preguntas sobre mi vida personal, sobre mi familia, a las que le contestaba sin pensarlo demasiado. Más tarde, una presión en mis brazos y por último… dejarme llevar. “Cuando estés lista me dices y seguimos”. Y yo todavía temblaba. A mí me parece que por hoy ya he tenido suficiente. Y, no es por ti, pero ojalá que pase mucho tiempo hasta nuestra próxima cita, doctor.

desmayo

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