Yo no bebo Coca-Cola


Estos últimos días he estado bastante ausente por motivos personales. Mientras me preparo para seguir con fuerza les dejo una pequeña historia que escribí hace unos meses y que vino a mi memoria… también por motivos personales.

tren

Salió de la cafetería de la estación con la lata de Coca-Cola en la mano y el corazón se le aceleró al ver cómo algunos pasajeros subían apresurados al tren. Otros, ya situados en sus asientos, se despedían de sus familiares y amigos desde las ventanas. 

Sin pensarlo dos veces corrió hasta alcanzar la puerta más cercana y subir a aquella máquina que ya comenzaba a andar. Aliviado, se apoyó para respirar durante un minuto en una de las paredes de aquel cubículo entre vagones. Por fin, sacó el billete y fue a buscar su asiento. Tenía la sensación de que olvidaba algo, “pero eso ocurre siempre que alguien deja un lugar” – pensó.

Coche 5. Plaza 2A. Era un asiento en sentido inverso a la marcha del tren, de los llamados “asientos-mesa” que tanto odiaba. Cuatro, a compartir con una mujer y su hijo pequeño, de unos seis o siete años. Tampoco eran de su agrado los niños, aún menos los niños en los transportes públicos. Pero éste, al menos, permanecía extrañamente callado. Tan sólo le miraba, primero a la cara; luego iba bajando hasta pararse en su cintura, junto a la que descansaba la lata de Coca-Cola.

Ya relajado empezaba a notar su falta  de energía tras una noche de despedidas, alcohol y más alcohol. Entonces, como bien había previsto, aquel niño comenzó a incordiar a su madre y, por ende, a su otro compañero de espacio. Quería ir a la cafetería, quería un refresco, y la madre no. Cafetería, mamá, refresco, mamá, mamá, mamá. 

Él adoptó la postura del “no molestar”: dejó el billete sobre la mesa, se recostó en el asiento, eligió el canal 3 y se puso los auriculares. Mamá, venga, mamá, venga vamos. Más volúmen. Mamá. Más. Mozart nunca hubiera imaginado que se le pudiese escuchar a tantos decibelios.  Y, ahora sí, cerró los ojos y se dejó llevar por sus sueños. Pensaba en su nueva vida, en todo lo que conseguiría con aquel nuevo trabajo. Pensaba en un futuro próspero, en el reconocimiento social que tanto esperaba. Y mientras se prometía a sí mismo que nunca volvería a pensar en el pasado, se quedó dormido.

Cuando despertó, el asiento de enfrente estaba vacío. El niño, sentado ahora a su lado, bebía de una lata de Coca-Cola. Al ver a la criatura tranquila, dejó por un momento la música y se quitó los auriculares. La madre, al ver que volvían a ser tres, se apresuró a decirle que lo sentía, que se la pagaba, que el niño ya la había abierto. Todavía algo dormido, él no entendía a qué venían esas disculpas. 

– “¿Quiere usted que le compre otra Coca-Cola?”

– “Pero si yo no be…”.- El corazón le dio un vuelco, cogió el papel sobre la mesa. Un billete sin marcar: 2B.- “¡Joder!”

“Las prisas”, pensó primero. “Los nervios, la resaca…”. Se movía en el asiento mirando el billete,  la plaza vacía, el pasillo.  La madre lo miraba, ahora confusa, culpable y asustada. Al darse cuenta él le respondió al fin:

– “No, no, gracias…yo… no la quería”

Y volvió a sus auriculares, esta vez a Haendel.  Más tranquilo, volvió a recostarse en el asiento. Miraba por la ventana como los árboles del camino iban quedándose inútilmente atrás. Y, casi sonriendo, se preguntaba ahora cómo había sido capaz de olvidar también su maleta.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Letras, natalia-cantero

Tu comentario aquí. Gracias.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s