Opciones para un resurgir de la ópera


La ópera, aquel género que España importó de Italia en el siglo XVII, vuelve a ser en estos tiempos agitados del XXI un tema que ha desatado la polémica. Y digo “vuelve a ser” porque su historia, desde su inicio, ha estado impregnada de críticas, luchas y manifiestos en pro de una mayor visibilidad nacional.

Se discute (además del papel de la mujer, ese ser tan de moda en la actualidad, en la ópera) sobre si es o no adecuado el coste de una entrada a estos espectáculos y, por ende, sobre su carácter elitista. Nihil novum sub sole. Pero es que ahora que hay más pobres (no digo menos ricos) y más tiempo desocupado (no digo “libre”) parece que el asunto indigna más que nunca. Tiene que ver, por supuesto, el que ciertos teatros (el Liceu de Barcelona, sin ir más lejos) se hayan planteado estrategias diversas para evitar que este género decaiga.

La ópera es cara y posiblemente siga siendo así. Si bien es cierto que hay entradas con precios especiales para jóvenes y otras de último minuto, esto no tiene por qué contribuir a que este género salga de su marco clasista para llegar al público más populacho, como yo. Me explico: hace unos años fui con una amiga al Teatro Real a ver por primera vez, en directo y con mis propios ojos aquello que llamaban ópera. Conseguimos una de esas entradas con descuento del 90%. El espectáculo empezó en el momento en que abrí el armario, intentando ajustar mi vestuario a las exigencias del evento. Efectivamente, al llegar, pude apreciar que las perlas, los perfumes agobiantes y los anteojos eran el sello y la firma de un público acomodado, que podía permitirse pagar 110 euros, mientras que yo, que había pagado 11, intentaba encontrar entre la muchedumbre alguna señal de que no estaba fuera de sitio. Creo que vi a alguien con zapatillas deportivas: un famoso cantante. Dile tú que así no. En el descanso, los precios de la cerveza me sacaron de toda duda: no se trataba de facilitar a los jóvenes que se acercasen a la ópera, que se sintieran cómodos asistiendo a esas representaciones, sino de poco más que rellenar butacas vacías.

La experiencia, en cualquier caso, valió la pena. Nunca pensé que la escenografía (la de Idomeneo, en esto caso) podría llegar a ser tan “cutre” (¿una ballena hecha de cartón de la manera más simple? ¿cuatro trapos como vestuario?) comparada con los precios que mis vecinos de asiento habían pagado. Y lo que más me sorprendió fue, sin duda, el no-efecto del bajo volumen de la música. No estaba acostumbrada a  la ausencia de altavoces, a que la lírica no me envolviera.

Idomeneo, Teatro Real

De los intérpretes poco puedo decir, ya que no tengo suficiente base para una comparación o crítica… pero quizás el decaimiento de este género pueda deberse en parte a la calidad de algunos artistas como dice, precisamente, una de ellas; o a la falta de medios apropiados. Puede que sea una inculta sin sensibilidad estética, o que siempre espere demasiado en estas cosas, pero el conjunto me desilusionó. Sin embargo, reitero, valió la pena conocer algo nuevo, aunque fuera desde la marginación.

Quizás sería bueno, para evitar esta sensación de exclusión, que se aumentaran los espectáculos de zarzuela, género éste que siempre ha tratado el dramatismo desde un punto de vista, de partida y de llegada del gran público, que somos todos. Los precios, en este caso, si no son más baratos sí parecen ser más equitativos.

No hemos de olvidar que la ópera, como decía al principio, ha sido objeto de luchas desde sus inicios. Si ahora parece que lo que consigue es dividir a la gente, antes se propugnaba su exposición como elemento nacional (lucha en la que tuvieron su papel importante, como no podía ser de otra manera, el País Vasco y Cataluña). Pero no voy a hacer un repaso detallado de toda la historia de esta batalla que se emprendió fundamentalmente contra las formas italianas. Me basta con nombrar un hecho ilustrativo que resume este fuerte interés por la unidad y el reconocimiento no sólo artístico sino cultural de la producción española:

Cuando en 1850 se inaugura el Teatro Real, la ópera sigue en manos de cantantes y empresarios italianos, de tal forma que de las 131 óperas estrenadas en dicho lugar a lo largo del siglo XIX sólo 16 son españolas. Quizás por ello, durante dos décadas, la zarzuela, representada en otros teatros, ocupó el centro de la creación nacional dejando a la ópera en segundo lugar. La sucesión de sociedades y manifiestos para la creación de la ópera nacional vivió un nuevo e interesante capítulo el 9 de septiembre de 1855. Ese día se produjo una concentración de músicos en el conservatorio madrileño, convocada por el tenor José Alzamora. Este es el origen de otro manifiesto dirigido al gobierno para que la ópera sea acogida en el Teatro Real. En el acta de la reunión del 30 de septiembre se concreta la petición a las cortes solicitando:

1) el establecimiento de la ópera nacional

2) que se destine el edificio del Teatro Real para este objeto

3) una conveniente subvención para sostener dignamente la ópera

Aún pasaron unos cuantos años hasta que esto se hizo, más o menos, realidad. Influyó bastante el hecho de que varios autores organizaran concursos en los que se premiaban las óperas con libretos escritos en español (y, a poder ser, música distinta de la del resto de Europa). Ya sabemos que si se trata de competir, más aún de competir con(tra) otros países, los españoles nos dejamos la piel en el empeño, aunque rara vez destaquemos en algo (desde mi humilde opinión).

 Y si la palabra “subvención” está en vías de extinción, quizás debamos empezar por tomar otras medidas. Opciones las hay para todos los gustos y bolsillos: programar menos sesiones de las obras menos rentables (como en el Teatro Real, que parece haber perdido el apoyo de Bankia), bajar las entradas baratas y subir las caras (como en el Met neoyorquino), recurrir a la filantropía o regalar entradas a quienes twiteen lo que están viendo. Lo que sea con tal de que el bel canto siga escuchándose en los teatros y no como acompañamiento de pancarta.

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2 comentarios

Archivado bajo Artes escénicas, Cultura, Noticias

2 Respuestas a “Opciones para un resurgir de la ópera

  1. cyrenaia

    Pues yo tengo pendiente ir a la ópera, fíjate. Llevo tiempo queriendo ir, pero no tengo con quien ni me decido. A la zarzuela sí que he ido y, de hecho, me gusta. Para colmo, hará un par de años conocí a varios cantantes líricos por casualidades de la vida y volví a pensar: “tengo que ir”, pero ahí quedo todo. En agua de borrajas.

  2. Para mi ir la ópera (asistí a 4) es como ir al pasado. Ver y oír hoy lo mismo que vieron y oyeron personas en 1700 o 1800. A veces hay puestas en escena modernizadas, pero no por lo general y en todo caso siempre uno se traslada a la época en la que transcurre la historia.
    El concepto “low tech” de sólo gente cantando, músicos tocando y gente escuchando y mirando. Ni efectos, ni tecnología, únicamente una enorme coordinación, muchísimo ensayo y talento.
    Hoy en día escuchar sonar un trombón, un corno o un contrabajo es algo muy raro. Ya no existen orquestas populares que usen esos instrumentos.
    Y el público, según qué teatro sea, puede ser más o menos elitista, pero en mi experiencia es distinto a todo otro público.
    Cuando no le gusta algo, no lo perdona, abuchea, grita. En los programas de mano que entregan en el teatro al que voy, suelen reproducir los artículos periodísticos de los años 50 donde se relatan curiosidades como peleas en el público por desacuerdos con la obra (tradicionalistas vs. renovadores) o hasta abucheos generalizados por errores. Pero cuando le gusta el espectáculo aplaude de pie, grita bravo, sale contento.
    Y otra cosa que veo es que los cantantes ya no son figuras internacionales. La mayoría de los cantantes suelen ser de la misma ciudad o cerca, algunos de países limítrofes, ninguno conocido y son muy buenos!
    Comparándolos con Operas en DVD de Royal Opera House de Londres o del Metropolitan de Nueva York uno que no es experto no siente que estén por debajo. Tampoco hay apellidos célebres hoy en día como los había antes.
    Cuando uno mira una película en los créditos puede leerse que la música la compuso fulano de tal. Cuando uno termina de asistir a Don Giovanni, podría imaginar que aparece en los créditos “Música de Wolfgang Amadeus Mozart”. Es algo muy fuera de lo común y solo se da ahí.

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