El síndrome de Dorian Gray


Anoche vino un primo mío a dormir a casa. Anda de gira, tocando por toda España, y tenía entrevista en la radio. Le gustó mi casa donde llevo viviendo, sola, por fin, menos de tres meses (de alquiler, claro). El caso es que él me hablaba de sus conciertos, de sus fiestas y sus rolletes. Y, aunque nuestra diferencia de edad es de apenas cinco años, no pude menos que sentirme algo mayor.

Después de informarle sobre los arreglos del piso tales como lámparas, muebles y demás (mejor dicho: de más) pasé a hablar de la comida. Porque también le gustó mucho, aunque esté mal que lo diga yo, mi sopa-crema de verduritas, genial en estas fechas. Me sentía como una madre o abuela (o abuela y madre al mismo tiempo) que da de comer al adolescente que llega medio borracho al hogar. Con mucho cariño, eso siempre.

Me comunicó sus planes de venir a vivir a Madrid bien pronto. Pronto pasa el tiempo y yo llevo aquí ya diez años. Vi en sus ojos mi más tierna juventud, mis deseos de apurar cada segundo buscando lo eterno.

Entonces me acordé, por estas asociaciones que tienen los cerebros humanos, de un fantástico y conocido libro que recomiendo a todo aquel que aún no lo haya leído: El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Para los que no lo conozcan, he estado tentada de resumir aquí el argumento… pero casi que prefiero no desvelar nada. No todos “los clásicos” son aburridos, algunos sorprenden. Buen día.

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