Culto a la urna


Intenté evitarlo pero, a falta de (encontrar) otros temas de mayor o igual actualidad y/o importancia, me temo que inauguraré esta mi web analizando (desde mi punto de vista literario, siempre), el debate de anoche. El cual, quiero destacar, me tragué entero, en primer lugar por evidente interés, en segundo porque a esas horas poco más hay en la tele (ni ganas de dedicarse a otros menesteres) y en tercero porque no siempre tiene un@ la posibilidad de asistir a un espectáculo teatral de estas dimensiones de forma gratuita. Intentaré ser breve.

No hace falta presentar a los personajes, por todos conocidos. Baste señalar, como ya ha hecho todo el mundo, que Rubalcaba se saltó el guión y pasó a encarnar un personaje futuro, el de líder de la oposición. Vencido sin siquiera haber pasado por héroe. Rajoy no iba a ser menos. Aceptó el giro en la historia y aceptó su casi seguro rol de nuevo presidente del gobierno.

Y digo “casi” porque, a falta de apuntadores (¿aceptamos Rubalcaba como apuntador improvisado?), el líder del PP lo llevaba todo escrito y, como no se sabía de memoria todo su papel (incluso confundía el nombre de su compañero de reparto), no dejó de leerlo. Tampoco, o tan poco, seguro se mostró Rubalcaba, que se refugiaba en inclinaciones de cabeza y subrayados ante las críticas de su opuesto.

El género del debate: tragicómico. Trágico que se culpen el uno al otro continuamente sin apenas propuestas de solución. Trágico que se insulten, aunque de manera educada (o políticamente correcta), delante de toda España y todavía en horario infantil. Trágico que en 100 minutos de representación no nos informen realmente de lo que ofrecen.

Y cómico por todo lo anterior, que ya se sabe que más vale reir que llorar, y por algunos momentos del programa que no tienen desperdicio. En este punto, empate de puerilidad para los candidatos. Para Rajoy por chivarse de que Rubalcaba no le dejaba hablar (“al moderador que vas”). Y para Rubalcaba “por contestar a un mayor” (al mismo moderador) alegando, patéticamente, que le quedaban dos segundos de intervención.

Algo de épica surrealista también hubo, al vanagloriarse los protagonistas de hazañas presentes, pasadas e incluso futuras.

Bastantes elementos característicos conformaban este ditirambo pero destacaré sólo tres (la cifra permite al mismo tiempo no dejar de lado el carácter religioso del ritual): Primero, los corifeos (dos, por ser modernos), que lanzaban discursos sobre la aparente determinación de los asuntos a tratar.  En segundo lugar, el Coro, imposible de acallar y bien situado en la mente de los actores, lo componíamos todos los españoles. Llamábamos a la Verdad, gritábamos que queríamos saber, que queríamos respuestas. Y, por último, aunque faltó Dionisos, la ceremonia se hizo en torno a otra divinidad, mucho más atemorizante y con mucho más poder que el griego (no pretendía hacer un chiste…). Se trata del voto de todos y cada uno de nosotros. Algunos, todavía, no terminamos de creernos esta farsa.

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Archivado bajo Artes escénicas, Noticias, Política

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